Qué nos deja Artaud

Teófilo Guerrero

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Cabaña en Mazamitla, Jalisco. Fotografía Luis Rico Chávez

Las cosas andan mal porque en este momento el mayor interés
de la conciencia alienada es no salir de su enfermedad.
Antonin Artaud

¿Se le podrá seguir considerando loco a Artaud en un mundo en el cual se regresa a los errores del pasado, en el que miles mueren de hambre mientras otros desbordan opulencia, un mundo, una realidad que desprecia al otro por su misma condición de otredad, un mundo que proclama el imperio de la razón y la lógica pero que no es lógico ni razonable? ¿Quién es el loco?

Artaud era un artista absoluto, cuyo fin metafísico estaba quizás más lejos que el objetivo de otros artistas, pero si por eso debía ser considerado loco y ser víctima del electroshock la sociedad que lo sentenció a tal destino no puede ser tan sana. La misma sociedad que ahora, en buena parte, reivindica al marsellés, no sin cierta dosis de tergiversación e ingenuidad, tal y como lo sostiene Derrida:

“¿Bajo qué condiciones puede legítimamente un teatro hoy inspirarse en Artaud? El que tantos directores de teatro quieran hacerse reconocer como los herederos, incluso (así se ha escrito) como los ‘hijos naturales’ de Artaud, es solamente un hecho. Hay que plantear además la cuestión de los títulos y del derecho. ¿Con qué criterios se podrá reconocer si una pretensión como esa es abusiva? ¿Bajo qué condiciones podría ‘empezar a existir’ un auténtico ‘teatro de la crueldad’? Estas cuestiones, a la vez técnicas y ‘metafísicas’ (en el sentido en que Artaud entiende esa palabra), se plantean por sí mismas en la lectura de todos los textos del Teatro y su doble, que son solicitaciones más que una suma de preceptos, un sistema de críticas que conmueven el conjunto de la historia de Occidente más que un tratado de la práctica teatral”. (J. Derrida, La escritura y la diferencia, Anrhropos, Barcelona, 1989, pp. 318-343).

Pero, ¿y qué nos deja Artaud?

Artaud no nos deja nada que nosotros no intuyamos, porque Artaud antes que nada nos invita a revalidar el sentimiento puro, la emoción en crudo, escupe a la sociedad para que se limpie la mugre de la cara, blasfema para recordarnos que debemos orar, se masturba sobre nuestros deseos reprimidos para despertarlos, defeca en nuestras cabezas para obligarnos a sentir, aunque sea odio. Artaud no puede ser ignorado:

“Si hoy en día, en el mundo entero —y tantas manifestaciones lo atestiguan de manera patente— toda la audacia teatral declara, con razón o sin ella pero con una insistencia cada vez mayor, su fidelidad a Artaud, la cuestión del teatro de la crueldad, de su inexistencia presente y de su ineluctable necesidad, adquiere valor de cuestión histórica. Histórica no porque se deje inscribir en lo que se llama la historia del teatro, no porque haga época en la transformación de los modos teatrales o porque ocupe un lugar en la sucesión de los modelos de la representación teatral”.

Uno de sus herederos naturales, Jerzy Grotowsky, lo cuestiona sistemáticamente en el prólogo de Tres piezas cortas pero no puede dejar de reconocerlo como “un poeta de las posibilidades del teatro”, porque a Artaud lo han reflexionado gentes como Jacques Derrida, Susan Sontag, Julia Kristeva, Phillipe Sollers, Peter Brook, Peter Weiss, etcétera, por no decir que una buena parte de la élite del pensamiento occidental del siglo XX.

Artaud está en el Living Theatre, en Robert Wilson, en Peter Brook en Peter Weiss, en la Fura dels Bauls, en el Theatre du Soleil, en todo aquel intento de alcanzar lo infinito: “El espectro de Artaud pasó a ser nuestro mentor”: Julian Beck; “lo que quería en su búsqueda de lo sagrado era absoluto: deseaba un teatro que fuera un lugar sagrado”: Peter Brook; “Artaud era un gran poeta del teatro”: Jerzy Grotowsky; “Artaud aun en su silencio providente se expande, y aun en la plenitud de su frenesí o en su vacío es revelación de fecundidad”: Luis Cardoza y Aragón; “la obra de Artaud niega que exista cualquier diferencia entre arte y pensamiento, entre poesía y verdad”: Susan Sontag; “la solución será un retorno a una existencia primitiva, a la conciencia prelógica... el nombre de Artaud evoca una fórmula: Primitivismo Ritual. Crueldad. Espectáculo”: Christopher Innes.

Artaud es como la conciencia, como su mismo pensamiento, se nos escapa, nos invita a alcanzarlo para después correr, si lo queremos entender podemos sentirlo en los rincones de nuestro pensamiento retorcerse de dolor, el dolor de no alcanzarse, el dolor que puede ser tan grande que no hay lenguaje que pueda expresarlo. Aun así, en su imposibilidad Artaud nos deja el suficiente material para seguir bosquejando el infinito.

Teófilo

Teófilo Guerrero

Guadalajara, Jalisco, 1969. Estudió en la Universidad de Guadalajara casi todas sus carreras: derecho, teatro, guionismo, y no siguió acumulando otras porque ya era demasiado. Cuando concluyó sus estudios de teatro, se percató de que éste no se aprende en las escuelas, sino en el foro. Ni siquiera se dio cuenta cuando empezó a escribir dramaturgia, lo único que sabe es que lo hizo por necesidad: necesitaba una obra para sus compañeros de carrera, y también dinero. Desde entonces no ha parado, escribiendo y actuando. Tiene varios textos publicados, entre los que se cuentan: Artaud. Bosquejo de sí mismo, Sin respuestas, A+B o el amor por sobre todo, Café para intelectuales. Ha sido becario del Programa de Estímulos a la Creación y Desarrollo Artísticos de Jalisco y ganador del Primer Certamen Nacional de Teatro Infantil y Juvenil.

Taller de creación

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