El nido en la rama

Sergio-Jesús Rodríguez

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Santuario El Rosario, Michoacán. Fotografía Luis Rico Chávez

“En mi sueño, al final de mi brazo entre mis dedos, reposaba el nido en el que Diana era un tierno polluelo que me pedía de comer. Yo era un árbol de follaje generoso, mis hojas tremolaban y con ellas entonaba una dulce canción. Luego comprendí que le cantaba su destino. Y ahora mi hija llora, llora porque su suerte no es como la de todas. ¡Oh!, los sueños deberían ser tomados en cuenta en su justa medida. No basta con ser un árbol de espeso follaje; con una hija como Diana, una debe ser también el gavilán y la ratesa. Todo junto, para salvarla de sus pesadillas. Ahora mi Diana llora, y yo estoy triste por ella”.

Suspiró hondamente Karen Tejedora, mientras contemplaba desde su ventanal abierto la misteriosa fronda del ficus, en la que siluetas de pajarillos se movilizaban entre las ramas. El olor profundo a humedad llenaba su nariz. Todavía podía oír los sollozos de la chica en su recámara. La madre se angustiaba pero ya se le habían agotado todos los recursos y se sentía quebrantada, ¿cómo puede una madre liberar del dolor a una hija ante una tragedia que si para los demás no tenía gran importancia, en cambio para Diana significaba la derrota de sus esperanzas? ¿Cómo podía caber en una ilusión rota la palabra «esperanza»? Esa era la situación para Diana, y más valía comprenderlo, de otra forma ¿de qué nos sirvió haber vivido nuestra primera gran derrota cuando fuimos pequeños? La primera gran desilusión es también la primera gran victoria sobre nuestra biología, porque en ella se cristaliza el deseo de libertad, pensó Karen.

La chica había dejado de llorar, deambulaba por la cocina y luego llegó hasta el ventanal con un bote de helado, del que comía sin muchos ánimos.

—¿Quieres? —dijo Diana.

—Sí quiero —repuso Karen y cogió la segunda cuchara clavada en la nieve dentro del bote.

Miraron la urdimbre de hojas tupidas por un largo minuto, en silencio, hasta que Diana dijo:

—¿No es extraño?

—Qué.

—Me da la idea de que el ficus parece una ciudadela.

—Yo imagino que es un gran edificio de apartamentos con vecinos de veras escandalosos. Porque entre ellos sus trinos han de resultar muy escandalosos.

—Cierto.

Diana y Karen se quedaron otra vez absortas en el movimiento de las aves. Pronto comprendieron que reñía una pareja. Por lo visto pajarito estaba muy tirado a la flojera y los polluelos tenían hambre; pajarita quería darse un respiro, pero el otro tomaba cualquier pretexto para distraerse. Lo que pasaba, pajarito replicó, era que quería cuidar a consciencia el territorio, pues el altanero vecino le provocaba enorme desconfianza con sus trinos arrogantes. La verdad es que podría estar celoso, pues la pajarita no estaba de mal ver y de cuando en cuando se echaban ojitos el otro pajarito y ella y ya se sabe que el pajarito es fuego y la pajarita paja, sopla el diablo y se van al carajo nido, polluelos y parejas. Pajarita, muy fastidiada, dijo que para el invierno habría que emigrar y era muy probable que se olvidaran uno de otro o muriera alguno de ellos en el camino, así que resultaban inútiles sus preocupaciones; sería de mayor provecho trabajar más duro y vivir en paz y contentos con lo que había. Pajarito se sobresaltó, dio tres picotazos en el tronco y lanzó un trino determinado: «El amor es para siempre.» Pajarita meditó por unos segundos y preguntó a su vez: «¿Qué es eso de para siempre?» Pajarito señaló a los polluelos y añadió: “Ellos, y los otros que empollaremos, y los que ellos a su vez empollarán. Eso es para siempre”. Pajarita caviló un poco más y mediante un trino no muy convencido quiso saber: “Qué te hace pensar que deseo permanecer el resto de mi vida a tu lado en mi nido y luego en mis descendientes”. Pajarito dudó por unos segundos, luego añadió con astucia: “Ah, es que nos une algo que no se ve. Nos une un sentimiento. He oído decir a los humanos la palabra amor. El amor nos une”. Pero la pajarita era muy quisquillosa. Tras otra pausa, luego de limpiarse el pico, dijo: “¿Y si yo no te amara?” Pajarito concedió: “Entonces no estaríamos unidos”. Pajarita agregó: “Pero sí juntos”. “Muy cierto”, replicó pajarito. “Lo cual es una tontería porque debe unirnos un sentimiento, ¿no es verdad?” “Sin duda”, replicó pajarito, confuso. “Con todo, eres del parecer que debe unirnos el amor”, insistió pajarita. “Así es”, dijo con gran convicción y aleteó pajarito. “Pues perdemos el tiempo”, dijo pajarita, “porque yo no te amo. Tuvimos un par de huevos, nacieron nuestros polluelos, pero estoy harta de ti y de tus trinos. No te amo y apenas acabemos de criar a los chicos emigraré por mi cuenta”. Pajarito tartamudeó: “Pe-pero ¿por qué?” pajarita agitó su cola, aleteó desesperada y antes de ir a buscar más alimento, gritó en un trino: “Porque el amor es compromiso, respeto y trabajo de dos, pero tú estás más ocupado con tus nuevas conquistas y en conseguir cómo picar pleito con el vecino. Sábelo, apenas termine la temporada, me largo”.

—¿Se irá? —quiso saber Diana.

—Tú qué harías.

—Lo mandaba con los gatos. Es un loquito sin escrúpulos por lo que se ve.

—Y si se queda con pajarito sería muy tonta, ¿no es cierto?

—Tontísima, ni siquiera vale la pena llorar por un pajarito tan bobo.

—Es lo que yo digo —repuso Karen y miró al cielo de manera significativa—. Hay tantos pajaritos...

—Y por qué lloro por un bruto como Lalo, mamá.

—Porque el amor a tus catorce años es un misterio rodeado de hojas que no te dejan ver dos cosas: que hay más chicos y que lo que buscas es dar sentido a tu vida. Necesitas darte tiempo.

—¿Siempre será así? ¿Una chica siempre llora por amor a un chico?

—No, otras veces llorarán los chicos por ti. Así es la vida. Lo importante es que habrás vivido, reído y llorado...

Pasaron largos minutos. Pajarito, al ver que la hembra del otro nido se encontraba sola, saltó entre las ramas, hizo la corte a la pajarita solitaria y remontaron entre las hojas, luego ella se puso de modo que pajarito se trepó sobre su lomo.

—Pajarito es un cerdo —dijo con acritud Diana—. Y esa otra pajarita una piruja de lo peor.

—En la naturaleza —dijo Karen—; las cosas no siempre son justas. La vida es elección: uno debe vivir del lado de la justicia por dignidad, o del lado de la injusticia, por conveniencia. Qué deseas que ocurra.

—Quisiera que llegaran pajarita y el otro pajarito.

—¿Luego?

—La venganza.

—¿Segura? Que así sea.

Y dicho esto, todas las hojas del ficus parecieron girar como si se tratara de engranajes, lo mismo que los destellos del sol entre la fronda, incluso las pupilas del gato que se asomaba en el jardín. Cuando copulaban una vez más los adúlteros pajarillos, sonó el trino feroz del macho ultrajado, que se abalanzó sobre pajarito, el esgrima de picotazos fue vehemente, rodaron violentos y ruidosos por las ramas hacia abajo. Justo entonces el esponjado Cómodo maulló entre grandes zancadas, sus movimientos fueron relampagueantes y certeros. De un zarpazo hirió de muerte a uno de los pajarillos, al otro lo atrapó por la cabeza y en el lapso de tres minutos la carnicería había concluido. Diana se quedó estupefacta, casi no podía comprender los sucesos.

—Ahora viene el verdadero drama —suspiró Karen—. Ambas madres deberán sacar adelante a sus polluelos por sí solas, hayan o no amado a sus belicosos pajaritos. ¿Qué opinas?

—Están muertos —dijo atónita la muchacha.

—Qué esperabas —replicó Karen—. Pediste que los sorprendieran los cónyuges. Así sucedió. Lo demás son las consecuencias obvias en los peligros de una vida de pájaro. Se distrajeron en su lucha, el gato aprovechó y han muerto; ya no hay remedio.

—¡Vaya!, lo que se aprende de los pájaros es interesante.

—Y por qué llorar a un pajarito que ha sido tan miserable, ¿no crees?

—Bueno, a veces una llora por sí misma.

—El amor propio, ¿mh?

—Eso.

Ambas comieron un poco más del helado. El gato se limpiaba las plumas del bigote, maulló con pereza y saltó a la ventana para meterse a la casa.

—Eres un tragón sin sentimientos —replicó Diana y acarició al gato, al que no sabía si quererlo o detestarlo.

Cómodo se acurrucó, aunque las rendijas de sus ojos parecían más alertas que nunca cuando los polluelos piaron en el follaje. La pajarita lanzó miradas inquietas hacia la ventana por unos segundos y enseguida emprendió el vuelo.

—¿Qué hará ahora? —dijo Diana.

—Lo de siempre, hija. Ocuparse de sus crías y vivir mientras tenga aliento para ello. Nada más tonto que llorar hasta morir de tristeza, porque quien se alía con la vida, se alía con el amor y con la esperanza. De otro modo, para qué tanto esfuerzo de los padres de la pajarita, ¿no te parece?

—Es muy cierto —repuso Diana.

Al concluir el helado, Diana enfiló hasta el velador del cual cogió el teléfono inalámbrico, marcó un número con precisión, contestaron, dijo su nombre, luego tres veces «sí» y finalmente se despidió.

—¿A quién le llamaste, corazón? —repuso la madre, un poco inquieta.

—A otro Cómodo, mami. Un Cómodo más rechoncho, más fiero y con más hambre que nuestro gato. Me voy a hacer la tarea.

Karen supo que era inútil insistir con su hija, pero sus palabras enigmáticas la ponían más y más nerviosa. Tomó el teléfono y oprimió la tecla de remarcado, sonó tres veces y luego la voz en la contestadora: «Hablas a casa de tu mero padre. Es obvio que o no me da la gana contestarte, o estoy cagando en el trono o de plano fui a chingarme a un pendejo. Deja tu mensaje, luego me reporto.» La mujer soltó el aparato con terror; en el momento en que se estrellaba contra el suelo, vio que la infiel pajarita intentaba vengar a su pajarito muerto, pero a Cómodo le bastó con esquivar el aletazo, luego lanzó la dentellada. Unas gotas de sangre quedaron impresas en el cristal, y fue todo.

Tomado (con autorización) de la página del autor: Cuentos

Sergio

Sergio-Jesús Rodríguez

Escritor nacido en Guadalajara, Jalisco, México. Novelista, poeta, cuentista, es autor de varios libros: Un cangrejo en la madeja, El señor de las termitas, Las mínimas invasiones, En el abismo, Bartolo, Aprilis, Alma negra, La niebla y otras geografías, Alhajas, El estupor y la niebla, Blue-jeans, Las piernas de Lákhesis, Cola de salamandra, Si por tu jardín la brisa. Egresado de la Universidad de Guadalajara, es además conferenciante en la promoción de la lectura, corrector y ha sido profesor, investigador y locutor radiofónico, entre otras actividades.

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