La búsqueda

Marco Aurelio Larios

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Funicular en Zacatecas. Fotografía Luis Rico Chávez

Tomó la decisión de dejarlo para que no le pesara a ella el amor sino a él. Cortaba así, de tajo, una relación que había sido intensa: el temor a perderlo era su pálpito de todos los días, un quedarse sin aire por un susto imaginario (¿qué pasaría si él la abandonase?). Mejor decidirse ahora, ella antes que después él.

Duró tiempo en acomodarse a la soledad pues solía besarse con un par de amigos sin que mediara cariño; no sentía nada por ellos ni les prometía nada con hacerlo. Le gustaba sentirse hurgada y mordida por boca de varón pero se hallaba vacía en el silencio de su cuarto. No pensaba en nadie presente, volvía los pensamientos a Salvador y desde allí iniciaba un recuento pormenorizado de dónde lo conoció, cómo atrevió la mano, el olor de su piel, los labios en los suyos, y finalmente él en ella; recordaba sus palabras prometiéndole con pasión: “Ese es tu lugar… siempre, Chava”. Y el recuerdo terminaba por dolerle.

En las mañanas el orgullo la levantaba: “amores así hay muchos, solamente basta con hallarlos”, se decía ante al espejo mientras desesperaba, cepillo en mano, por su pelo grifo. Tenía diecinueve años y la búsqueda apenas comenzaba.

Iba a los parques de la colonia Providencia porque le parecían realmente bellos: lucían su cuidado en las bancas remozadas, el césped podado, los árboles frondosos; las personas de por allí no se inmiscuían con ella propinándole piropos y majaderías como los jóvenes y viejos de su barrio. Al trote, daba varias vueltas en derredor mientras filosofaba sobre la ventura del amor. Como estudiante de psicología le interesaba la inefabilidad del sentimiento amoroso; no bastaban los tantos libros escritos para agotar el tema, menos para encontrar mayor explicación. Últimamente había comenzado a leer poesía pues eran los poetas los que más se acercaban a nombrar esa “deficiencia” del ser humano. “Si empuñamos un instante el cetro del amor, ya creemos vencida para siempre a la otra potestad”, le vinieron a la mente unos versos de Rosario Castellanos y supo que en ello radicaba el engaño de los enamorados. Entonces insuflaba más aire y corría a toda velocidad la última vuelta al parque Rubén Darío.

Por las tardes asistía a la universidad. De un tiempo a acá, había revisado a sus compañeros como posibles contendientes del amor y los eliminó de su posibilidad; tendría que buscar en otros ámbitos de su existencia; tal vez le esperaba un ingeniero o un contador público, un músico o un abogado.

Creía, no sin cursilería innata, en la magia de unos ojos mirándole y ella queriendo anidar en ellos. “Sólo en la mirada que te mira descubres si el amor puede fructificar allí”, afirmaba sabihonda a sus pocas amigas. Pero en lo profundo de sí padecía de tanta mirada lasciva, de tantos ojos bobalicones, de tanto inútil que no sabía mirarle más que las nalgas y los senos. ¡Qué se creen esos idiotas, que somos un par de tetas para su diversión!, pensó en voz alta y tiró con enojo su cuaderno de notas. El profesor de Sexología la vio con enfado: vaya, la neurótica será la futura psicóloga, eh.

Acostumbró escribir frases epigramáticas para condensar en ellas lo que pensaba del amor, sentenciar en pocas palabras su inconmensurabilidad. Fallaba siempre pues nada de lo escrito decía con exactitud lo que nombraba. Gastaba hojas enunciando lo mismo de otro modo, y acababa por caer en cuenta que el lenguaje se afanaba por atrapar la realidad, reducirla a una explicación clara y común, inteligible al mayor número de usuarios de la lengua, sin conseguirlo del todo. En asuntos exteriores, fuera del universo de la vida íntima, la realidad se resolvía con palabras unívocas y valederas para todos; pero al ahondar en lo propio, la inefabilidad y el equívoco menguaban las certezas y acrecentaban las dudas. En todo caso, el mejor epigrama debería partir de la primera experiencia: el amor es una gran duda. Porque eso sentía al recordar a Salvador: ¿debió permanecer con él?, ¿tuvo miedo de no mantener la misma pasión todo el tiempo?, ¿quiso que la defraudación futura no se fincara en su no-lealtad? Escribió en una página limpia: “El amor es el miedo que quisiéramos padecer para contarlo toda la vida”. Y luego en otra: “Constituye la mejor aventura de la existencia, de la que no se salva nadie sino por pura casualidad”. Y se sintió, por un instante, satisfecha de condensar su opinión en tan sabihondas frases.

Muchos meses después, tras el olvido natural de quien había sido con Salvador, fue a un salón de belleza para que le arreglaran la maraña de su largo cabello negro, tres semanas enfadada por la rebeldía de una genética que no la dejaba peinarse uniformemente. Hojeando una de esas revistas frívolas para mujeres encontró un reportaje científico sobre el enamoramiento: mencionaba las alteraciones químicas corporales de quienes se prendían sin remedio de alguien; les inundaban sustancias al besar, morder, abrazar, lamer, tocar, hender y ser hendido por otro cuerpo. El asunto científico era que tales sustancias terminaban por intoxicar al hombre y a la mujer por igual. Ningún cuerpo soportaba esa alucinación química por más de tres meses. Por eso, los grandes enamorados renunciaban a su pasión al cabo de un tiempo límite: más allá estaba morir o matar, bajo una obsesión irreducible. Y pensó en Salvador, en los meses que compartieron la pasión y en su necesidad repentina de huir de él; ella no quiso entonces matar ni morirse a pesar de la disposición de Salvador a hacer cualquier cosa con tal de que el amor los consumiera juntos. Lo lamentable radicaba, según el artículo, en que esto ocurría dos o tres veces en la vida, y ella había gastado ya su primera vez a los dieciocho años con un hombre de treinta. “¿Cuándo gastaré la segunda, y quizá mi última vez, si veinte años todavía son muy pocos?”. Se miró en el espejo grande del salón y lucía peinada, acomodado el cabello. “Todo este cuidado se desvanecerá en la primera lavada... como el amor”. Pagó por la satisfacción de ver una imagen suya adecuada a la idea de ser bella, coqueta, disponible para amar y ser amada, solamente le faltaba un novio, uno a su medida.

Conoció a Armando a los tres años de no ver a Salvador. Estaba el joven con Azucena, una amiga de la preparatoria a quien había citado en el restaurante VIPS de Plaza México. Le dio envidia hallarla tan bien acompañada: alto, delineada su nariz, de grandes manos, aseado e inquieta la mirada. Azucena le devolvió la encuesta que por entonces Rosario hacía “sobre los hábitos sexuales entre los jóvenes de hoy”, datos con que podría redactar en un futuro próximo su tesis de licenciatura.

No era una investigación fácil pues no podía ser abierta y pública —donde habría demasiadas mentiras y fantasías—; confiaría en la sinceridad de las respuestas de algunos amigos y conocidos, lo cual reducía el perfil de la muestra dentro de un gran universo de sujetos posibles. No obstante, se empeñó en que podría conjeturar algunas tendencias y disertar sobre ello a partir de veinte personas encuestadas.

—Te he dicho la verdad, Charito —le dijo cuando entregó la encuesta—. Pero no vayas a juzgarme por ello...

—No te preocupes, todo será confidencial...

—Es que nomás comienzas y no reparas si es bueno, o si está bien hacer eso o no...

... nadie va a saber que fuiste tú.

—...pero a la hora de los hechos una quiere todo, ¿verdad,Armando? —y lo acarició con intimidad.

Rosario intuyó que sobraba en la mesa y se despidió rápido. Volteó a verlo para despedirse cortés y los ojos de él sembraron inquietud en los suyos color miel: fue como escucharle decir a lo que él estaba dispuesto, a lo posible que era; y ella, con la emergencia de la sangre, parpadeando, algo prometió. Armando le dio su tarjeta de presentación, “para cualquier asunto de consultoría fiscal”.

Lo demás fue simple: llamar a su oficina, quedar en algún café de la avenida Chapultepec, ver una película juntos, reír al mismo tiempo, apreciar la luna en el horizonte de la ciudad, gozar de la lluvia de verano cualquier tarde, besarlo con furia en una esquina, pensar en él a todas horas y sentir que de nuevo se enamoraba. ¡Le urgía amar para saber que existía!

—De todos mis encuestados, ¿sabes?, Azucena es la que a sus años más ha experimentado todas las variantes al hacer el amor —le dijo luego de una primera sesión amorosa en un motel por la avenida Alcalde.

—Pues no ha de haber sido conmigo porque en un par de veces no lo intentas todo, ¿verdad?

—Azucena es una zorra... Y me alegro, porque quitarte de ella fue como quitarle un pelo; seguramente andará feliz con alguien.

—Ella no me importa sino tú, Charo —y se le encaramó, enhiesta otra vez su virilidad; Rosario aceptó de nuevo la dulce invasión.

Pero semanas después empezó a sentir que, no obstante la agradable compañía y el enervamiento de ciertas veces, Armando no la sufragaba en lo que ella necesitaba. Su alma volvió a reclamarle al cuerpo: “¿qué buscas, Rosario, si el sexo, en el fondo, no te hace feliz?, ¿estás dispuesta a morir o matar por él?”.

Se interrogó otros días más hasta que le llamó a su oficina para decirle que ya no la buscara, que el amor se le había vuelto nada de la noche a la mañana y le pidió perdón por no ser lo que él esperaba de ella.

Y tuvo pena de sí, de no asir ni ser asidero, inasible que era para el amor. En eso pensaba cuando iba de compras al supermercado, cuando miraba en el aparador unas lindas zapatillas de tacón, cuando ignoraba el programa televisivo y trascendía en pensamiento. Inaccesible en todo caso. Cerrojo sin combinación. Muda explicación de la duda. Cavilaba mientras respondía el examen escrito y el profesor la impelía con sus ojos de mucha prisa, mientras su madre la amonestaba por tantos fines de semana encerrada en su cuarto y sin fiestas ni amigos llamándole por teléfono, mientras consumía la existencia sentada en la banca de un pequeño parque de su colonia Cruz del Sur escribiendo en una libreta sucesos que no le ocurrieron ni le ocurrirían jamás. Escribía, para compensar su escueta realidad, en un diario sorprendente y extraordinario, que alguien la amaba sólo por el énfasis de su ojos al mirar, por la ceja que alzaba al hablar, o por su boca de corazón ofrecido: en un crucero por El Caribe, bajo el encanto de su luna de miel, terminaba enamorándose del camarero que los atendía; en Los Ángeles se dejaba tatuar la Virgen de Guadalupe en el vientre con la promesa de que nadie jamás tocaría su cuerpo; fue la esclava que durmió con Hidalgo, el Padre de la Patria, la noche del día en que abolió la esclavitud en esta ciudad de Guadalajara, antes que los franceses de Nantes y los americanos de Nueva York lo hubieran deseado; llegaba a ser una gran prostituta, más famosa que la legendaria y muy tapatía Rosa Murillo, envidiada y vituperada por santurronas y putonas quienes igualmente iban y venían sin arrepentimiento en el péndulo de la existencia; imaginaba que un escritor se había enamorado de ella perdidamente y no hacía sino escribir historias irreales donde la convertía en protagonista.

Pasó todo un año en esta lánguida efervescencia. Leyó varias veces la poesía de Vicente Aleixandre para detenerse casi siempre en los mismos versos del mismo poema: “Ven, ven, muerte, amor; ven pronto, te destruyo; ven, que quiero matar o amar o morir o darte todo”. Intuía que el poeta, en ese entonces de la escritura poética, se encontraba anegado de toda esa química del amor, de la intoxicación que ponía a prueba la existencia; el alma del hombre y de la mujer se volvían líquidos corporales para penetrar en la sangre, en el músculo, en el tuétano, en la materia gris para cimbrar como un terremoto, como un vendaval, como una explosión, como una tormenta. En el amor, la ciencia no predice, sólo justifica su realidad. No habrá jamás ciencia del amor, acaso arte. “La ciencia nos descubre, el arte nos revela”. Y anotó en su diario que era princesa de un reino indio, del que no pronunciaba su nombre por vergüenza de sí, porque vivía entregada al invasor, al extranjero cruel y asesino de su mismo reino, quien en largas noches le había descubierto que los dioses habitaban dentro de ella. ¡Cómo se consumía entonces! Y supo que mataría o moriría por ello. Arrojó sus palabras de ataque para que murieran los suyos porque ella amaba al extranjero y debía salvarle; históricamente jamás se arrepintió.

Rosario cerró su libreta pensando que en el fondo no podía ser como esa india: ella prefería no amar, no morir ni matar sino sólo transcurrir, devenir sin mayor intención que recorrer su tiempo de vida, ver a la muerte acercarse poco a poco a su cuerpo, rendido ya a la soledad porque ella no quiso amar ni ser amada.

Por ese tiempo comenzó a leer una novela donde la protagonista, joven como ella, se desvanecía por no ser amada, sujeta a una castidad impuesta por la clara impotencia de un esposo paralítico que le otorgaba nobleza y dinero pero nada más. Ella comprendió que esos atributos no hacían feliz a nadie. Dejó de leer la novela sin llegar a su final: no se enteraría que más adelante la protagonista encontraría al hombre que poseyéndola le prodigaría la felicidad, la única que no consigue el éxito ni el dinero y por la que habría que morir o matar, o darlo todo.

A los veintitrés, con los regaños constantes de su tutor por retrasar la redacción de su tesis, iba cada vez menos a la universidad jesuita acaso para encontrarse con alguna ex compañera o consultar la biblioteca. Tras una larga temporada de no tener pareja, de no tocar ni ser tocada, se involucró de manera tonta con el esposo de su amiga Betty, un hombre mayor, de más años que Salvador incluso, un cuarentón pleno. La culpa fue toda suya: lo besó en la boca cortésmente cuando descendía del automóvil luego de que él se había ofrecido a llevarla a medianoche porque su embriaguez era evidente y no podía manejar; tal vez así lo urdió ella para buscar la ocasión.

“¿O no lo desea él también, si cada vez cuando puede se me queda viendo de más?”. La ebriedad no le impidió sentir que de la boca de él manaba una pasión contenida. ¡Pobre, Betty, tan mojigata!, jamás aprendió lo que las monjas en broma decían en la secundaria del Colegio Reforma: “amores sin besos, para qué sirven ésos”.

—Rafael, no. Rafael, no… Búscame mañana… ahora tienes que volver a tiempo —le dijo y corrió a su casa, desconcertada por su atrevimiento. Fue la locura de su vida.

Él pedía que todo fuera discreto y oculto pero Rosario jugó a mostrar las evidencias de su relación:

1) Llegaba a su consultorio de dentista a cualquier hora y exigía verlo inmediatamente en el privado; ella salía satisfecha, enfebrecidos los ojos, acomodándose la cabellera. Y luego él, alisando la bata, abochornado, con pacientes en espera y con la inevitable interrogación de la secretaria.

—Llamó su esposa hace unos instantes y le dije que estaba ocupado. ¿Desea que lo comunique ahora?

—No, no ahora… Al rato yo la llamo… Y no me haga citas el jueves por la tarde porque voy a tener una reunión importante... en la Asociación de Dentistas.

—Tiene la agenda repleta, doctor, para ese día.

—Pues llame a los pacientes y cancele.

—Esa noche, su esposa lo espera en casa de sus suegros…

—Bueno... A esa hora quizás ya esté desocupado.

2) Visitaba con mayor frecuencia a Betty y le contaba del enredo que traía con un hombre casado, de su miedo a quererlo públicamente, de lo terrible que era soportar ser la “otra”.

—¿Por qué lo aceptas, Charito?

—No sé… tal vez porque es muy buen amante en la cama.

—Charito, por Dios, no tienes por qué decirlo así... ¿Acaso el amor debe centrarse en eso para existir?

—¿Acaso no procuras eso con Rafael, Betty?

—No tanto, y es mejor así. No soy una cualquiera como…

—… ¿Como yo?

—Ay, Charito, no te pongas en ese lugar.

3) Lo invitaba a espectáculos públicos en teatros, galerías y bares, a horas en que Rafael debía volver a casa y no podía justificar tardanzas inexplicables por reuniones extraordinarias.

Casi lo amenazaba con su dulce y cándido ruego de que la acompañara. Y él cedía la mayor de las veces, no obstante su miedo a encontrarse con parientes de su esposa y conocidos suyos.

—Doctor, ¡qué sorpresa verlo en el Hard Rock! Nunca pensé que a su edad le gustaran estos ambientes.

—Este… yo tampoco.

—Mi nombre es Angélica. ¿Y el tuyo?

—Me llamo Rosario y soy la sobrina que lo obligó a venir aquí... Mi tío no sabe nada de la vida, más allá del consultorio y las endodoncias.

—¡Qué va! Si fui roquero en mi primera juventud...

—¿En la primera qué...?

—En su primera y, creo, la única juventud… —reía Rosario abiertamente.

Rafael traía siempre un miedo moral antepuesto en su relación con Rosario: la presencia no prevista de su esposa. Cierto, era ardiente pero le daban calambres en algunas posiciones; resollaba desde el inicio del acto amatorio y temblaba al final; se retiraba rápido, inculpándose tal vez; se vestía de prisa viendo el reloj, prometiendo cualquier tontería. Así que ella determinó romper con esa situación a pesar de que los besos de Rafael resultaban ser los mejores en su vida.

Por lo demás, ella nunca fue sino una mera ocasión para él. Betty, intuyese lo que presintiera, lo tenía cogido con todas las ataduras que el amor matrimonial amarra: no sólo existía como esposa en la cama, también se hacía presente en la cocina, el baño, la ropa, la enfermedad, los hijos, los amigos y la familia en común. Rosario, después de todo, era asunto de un par de horas en una semana sí y en otras no.

Sin más remordimientos para nadie, ya que solamente ella se mordía el alma para decidirlo, prefirió sentirse derrotada a dañar del todo a su amiga Betty con una verdad tan relativa pues jamás logró que su Rafael pensase tanto en ella.

—Todo amor, Betty, puede irse a la chingada —corrió a decirle la última vez que la visitó. Y se esfumó de la existencia de ellos.

Durante ese año asistió entonces a una terapia inducida donde fue pintora, poeta, escultora y actriz de teatro. “Soy una psicóloga que necesita irremediablemente de otra psicóloga”, se justificó y no le pareció mala frase; por el contrario, se dijo, convidaba a reputar la profesión.

Vivió en casa de su madre, desempleada, leyendo algunos libros prestados, mirando la televisión abierta con su obcecado punto de vista de hacer interesante lo anodino en programas de concursos, Talk y Reality Shows.

En ese año de vacío amoroso crió los siete gatos que le nacieron a su promiscua gata luego de regresar plácida y mortal a acurrucarse a sus pies, en noches que no mostró culpa por lo hecho con tantos machos.

Salvador ni a recuerdo alcanzaba ya en su memoria. Lo había olvidado como quien sana de un dolor. Más le preocupaba acercarse a los veinticinco años y no tener en claro si deseaba un hijo o no.

Decidió entonces que buscaría un papá para un hijo suyo, amase o no al hombre seminador. Después del todo, Schopenhauer tenía de alguna manera razón sobre la especie humana y la selección natural. Y comenzó a enterarse de los prohombres de esta honorable y leal ciudad: algunos políticos, varios artistas plásticos, tres o cuatro escritores de renombre, muchísimos poetas, arquitectos de vanguardia y moda, diseñadores ocasionales, uno o dos empresarios inaccesibles, algún cantante alternativo del Tianguis Cultural, fotógrafos y periodistas. A todos ellos los estuvo observando, sabiendo quiénes eran los unos y los otros, los tales con los cuales, los vosotros y los nosotros, los aquellos y los aquestos.

La exigencia a su medida. Y prefirió finalmente atrapar a un periodista del diario Público quien entonces se burlaba de los proyectos culturales de los funcionarios del municipio porque creían en la “inteligencia” del arte conceptual; su opinión era ácida y veraz de algún modo.

Rosario se sintió, tras el descreimiento sistemático del periodista por la sociedad y su representación en ideas condensadas, protegida. Estaba ante un hombre seguro de sí y del universo que pisaba; según su prédica, todo círculo tenía aristas y un cuadrado podía ser redondo si se le mirase bien. Cierta de que el desacuerdo con la existencia es una afirmación valiosa, en tiempos que la comunicación masiva unifica vanos criterios comunes, dejó de tomar la píldora anticonceptiva y aceptó el semen de su varón. Quería ser madre ya. Al fin y al cabo, los hombres solamente aportan una célula en la concepción, es la mujer quien fabrica dentro de sí, con su sangre y músculo, una existencia, casi a partir de nada. Por eso las grandes madres, las que consienten en serlo y afirman no necesitar a nadie más para criar, se vuelven universos en sí mismas y habitan la eternidad porque sólo la sangre, la suya, transcurre de un siglo a otro y perdura de un milenio a otro.

Concibió con Daniel una noche de aguerrido placer. Exacerbada por la intención de ser preñada, se manifestó inédita: audaz en la iniciativa, proclive en el deseo, pervertida en la experiencia, gozosa en el disfrute. Lo poseyó con enjundia y arrebato. Y contra su costumbre de recibir de frente lo recibió de espaldas; gritó al acoplarse, dio voces a cada embestida de su hombre; un río manó de sí para lavarse y hacerlo fluir por ella; entonces lo sintió estremecerse, reconvenir en sus entrañas, arrojar su líquido caliente con movimiento de serpiente buscándole la vida; todo fue sentirse extasiada y ausente como cumpliendo un irracional mandato. Poco importó en ese momento si era Daniel, o Salvador, o Rafael, o Armando, quien resoplaba encima de ella; no tuvo noción del tiempo, ni de sí, ni del universo.

Lo demás consistió en prepararse para ser madre. Incluso tomó distancia de Daniel, rechazó verlo seguidamente: un día sí aceptaba acompañarle al cine y comer algún helado, otros más se negaba a contestar el teléfono cuando él la solicitaba. Quería participarle de su ansiedad pero también intuía que él se vería obligado, comprometido más allá de lo que los besos y abrazos pueden atar a alguien. Así que decidió cultivar el amor a su manera, sin exigencias ni necesidades. Cruzó en el calendario los días de retraso de su menstruación y se alegró, al cabo de una veintena de días, de que por ella no sangrara más la existencia. Palpó, en el baño, su vientre con suma delicadeza: no veía hora de mirarlo hinchado, como joroba frontal, anunciándole a propios y extraños su dicha. Entonces se lo comunicó a Daniel, sólo para saber si le acompañaría en esta etapa fundamental de su vida o si, como tantos hombres, emprendería la fuga, a la que no temía pues suyo era entero el deseo de ser madre. Podría, como en los nuevos tiempos del género femenino, ser padre también.

Y se preparó para preguntarle si dentro de todo ese amor y deseo que le prodigaba estaba también el criar con ella un hijo. Daniel era un gran hombre, el mejor quizá de los que había amado, o al menos así le parecía. Su desacuerdo existencial y su irreverencia, plena de ironía, magnificaban el olor de su piel, su complexión física, el carácter de su entrega. Si acaso, la incomodaba su apremio por saber de ella, por lo que hace y piensa. “Si el amor en los hombres es posesión, deben tomarlo todo para sentir que aman”, se dijo para justificar el sutil interrogatorio al que la sometió para indagar lo que había hecho sin él en las últimas semanas.

—Voy a tener un hijo tuyo, Dan… —y sin perderle un solo gesto, oyó su respiración, el despliegue de los labios al abrir la boca, observó el giro de su cabeza y el tocamiento de la barbilla por la mano derecha, su mirada en el horizonte de la plaza comercial y el regreso a ella; descubrió en sus ojos asombro, el desconcierto del hombre joven que duda en ser padre cuando hace poco dejó de ser niño, y no temió a su respuesta:

—Bueno, lo tendremos… si quieres.

Se casaron solamente al civil para no defraudar a la madre de Rosario. Daniel y ella bien hubieran podido vivir en pareja sin el consentimiento de los demás. El amor no es cuestión de firmas en un papel ni una declaración pública en alguna iglesia. El amor resulta de la unión de los cuerpos y las almas en suprema necesidad mutua donde todo puede unirlos y todo, del mismo modo, separarlos.

Ella se dedicó a ser mamá en los siguientes meses mientras Daniel iba y venía de cubrir la nota, hacer el reportaje, la entrevista. La riqueza material era magra pero abundante la felicidad. Noches de amor que se volvieron conversación hasta despuntar el día. Problemas y fracasos fueron resueltos entre abrazos y llantos. Rosario disfrutó su libertad de andar desnuda en el departamento todo el día viendo crecer su vientre milímetro a milímetro. Quemó sus diarios y tiró a la basura cualquier objeto que proviniera de su pasada vida amorosa, tan inconsistente como azarosa. “Verso sin esfuerzo”. Y transcurrió ese año yendo del calor al frío. Guadalajara le parecía la mejor ciudad del mundo para vivir.

Nació Luna, tras un grito de muerte (¿se podrá acaso gritar la muerte?). La llamó así porque la niña, como satélite, giraría para toda la vida dentro de su órbita emocional; porque cuando preguntase cuánto la amaba ella le respondería como medida y cálculo: de aquí hasta la luna, cien veces; además, porque en esta ciudad con tantos nombres de santos entre sus habitantes nadie se atrevería a tal disparate. Daniel fue quien más elogió su elección.

—Si hay Estrellas, por qué no Lunas —y el notario apuntó nombre y apellido sobre el libro de actas de nacimiento.

Rosario quiso entonces detener la existencia para que siguiera por el camino que ella misma había planeado. Pero el Destino o Quien Se Nombre Como Tal, es un ser omnímodo que todo lo vuelca y lo trastoca; no toma rumbo ni predice futuro; inicia donde terminó; alarga, abreva, vuelve, convierte y deforma los deseos y las esperanzas. Un hombre es otro, una mujer es otra, al cabo de los años, en ese Destino. Y eso lo supo Rosario cuando Luna cumplía cinco años y Daniel cada vez hacía todo por no estar en casa; la tocaba lo mínimo a pesar de que ella seguía esbelta, hermosa en su estructura física y joven.

Sintió con rotundidad la ausencia del amor, la que siempre había temido desde que se supo enamorada de Salvador y la que intentó rellenar con todos los hombres que le atrajeron y son ya su historia.

Fue en pos del amor sin remordimientos porque —suponía— no era enteramente suyo el impulso de hacerlo; además la infidelidad se dio dentro de una causalidad irrefutable. Daniel llevaba días hostigándole por su pasado, preguntándole cuántos hombres habían cohabitado con ella, y si había sido más feliz y placentera con ellos que con él; sobre todo la acusaba de seguir frecuentándolos mientras él se iba al periódico a trabajar; nada más faltaba que al volver, al cierre de la edición, a las tres de la mañana, se encontrase a alguien saliendo de su departamento, porque entonces sí, estaba dispuesto a matarla a golpes… Y se lo decía agarrotados los ojos en el frenesí, los puños crispados muy cerca de su rostro… Y ella se preocupaba de que Luna despertase a esas horas de la noche en que la realidad se recrudece y hace mayor su sensación… Negaba todo porque todo, de alguna manera, era mentira; ciertamente Daniel no tenía la sensibilidad erótica de Salvador, ni el porte fino de Armando, ni la seguridad económica de Rafael, pero no significaba que fuera inferior a ellos; nada más era distinto, y la distinción resultaba suficiente para ser único y amable. Sin embargo no podía decírselo así, con tranquilidad, porque la obsesión de él crecía. Sabiendo que no habría palabras para calmarlo, permaneció muda, expectativa, atemorizada de aquel enojo ciego. Y cuando decidió hablar, tras su primera palabra, recibió un fuerte puñetazo en el ojo izquierdo que la desvaneció de inmediato. Consciente, al saberse tirada en el piso, ablandó el cuerpo, suponiendo que, inerme, de esa manera sofocaba la agresión y se protegía. Pasaron algunos minutos casi letales, esperaba cualquier cosa de su furia pues así también era presa que no se defiende del ataque. Luego de un momento de infinita incertidumbre, lo sintió lentamente acurrucarse a su lado, llorando, pidiéndole perdón. Allí supo que ese tipo de amor no querría jamás. Y recobrando su personalidad, no lo dejó entrar más en su cuarto, es decir, no entraría más en su vida.

Por eso se enganchó con un fotógrafo del periódico, amigo ocasional de Daniel, a quien saludó en un punto de abordar el autobús. Acordaron encontrarse al atardecer del siguiente día en una esquina del Parque Revolución, un amplio jardín que, a pesar de contar con su mal prestigio entre los escandalizados ciudadanos por los encuentros gays que allí se suscitaban, asunto que ella no reprobaba pues todos merecían bajo elección una manera de existir; incluso le parecía bonito, propio de esta ciudad. Históricamente era lo que perduraba de las huertas del Convento de las Carmelitas de la Guadalajara colonial. Hoy día casi nada sobrevivía de aquel grande claustro de monjas: una capilla vuelta centro cultural un par de cuadras abajo, con algunas arcadas y galerías; enfrente, tras la avenida central de la ciudad, un templo sólido que ahora servía de culto para las bodas de glamour entre las pudientes clases sociales. De la antigua Penitenciaría del Estado, construida en ese mismo sitio, no quedaba ni un muro que la recordase, acaso el nombre de la calle que diera a su portón. Además, el Parque Revolución le recordaba las tantas tardes en que había esperado a Salvador en sus bancas, en cómo le creció la decisión de pertenecerle entonces y en cómo había imaginado la primera pertenencia; por los besos y abrazos que se dieron mutuamente en aquel tiempo supo de todas las cosas que se harían cuando la intimidad no tuviera testigos. Pero hasta ella misma se sorprendió por la audacia y desvergüenza que mostró en dejar hacerse y hacer sin ningún recato lo que debió sonrojarla por ser primeriza en ello. Tendría entonces dieciocho años cumplidos y Salvador treinta, y el amor resultaba la única emoción que los igualaba… Se sacudió el recuerdo para estar presente ante Javier.

El fotógrafo llegó en un volkswagen viejo, abollada una salpicadera y sin defensas. Era el automóvil de un artista que no pretende las cosas materiales y se empeña sólo en los asuntos que dignifican el espíritu. Ella lo abordó con decisión.

—¿A cuál café iremos? —preguntó por incitar el atrevimiento.

—He pensado que a lo mejor podríamos ir a un lugar más íntimo para platicar.

—¿Por ejemplo?

—No sé… A mi taller de fotografía.

—¿Es también un taller de “plática”?

—No exactamente, pero podría tomarte algunas fotos para justificar tu estancia.

—No traigo el atuendo apropiado para posar…

—Puedes posar como quieras, porque al fin y al cabo estás hermosa siempre…

—¿Y si poso desnuda me respetarás?

—Claro. Yo solamente toco con el obturador.

Pero ella no posó en verdad ni él respetó su desnudez. Rosario hizo que se desnudaba para posar y Javier preparó la cámara para fotografiarla. Luego se miraron el atrevimiento. Ella lucía su piel morena, oscurecida en las partes que el sol le daba todos los días, largo el talle y de hermosas piernas. Javier se desnudó de prisa. Se tiraron sobre una colchoneta de mucho uso, y ella lo recibió plena, sin condón, sin practicar el sexo protegido. Nada sustituía a la sensación de la piel suave, frágil, ardiente, y sin pensar en el bien y el mal sino en su más allá, sólo quiso sentir que era ella y estaba en ella, en sí como lo mismo. Pero se frustró finalmente cuando Javier, luego de insistir por un largo tiempo, no llegaba a las sensaciones que Rosario había llegado y perdido desde hace rato; el placer se le volvió de pronto irritación. Ella supuso que no le provocaba mucha excitación, pues entrar y salir parecía habérsele vuelto un ejercicio, un deporte, un estado de presunción; así que prefirió retirarse. Con asombro, y sin que lo visto la erotizara de alguna manera, observó cómo él terminaba haciéndosela con la mano. Pensó: “Javier es amante de sí pero no de las mujeres con las que se acuesta. Es un pinche egoísta, como cualquier eyaculador precoz”. Y volvió a su departamento, fracasada. No pensó entonces si los líquidos lubricantes de él, libres en los suyos, portarían algún esperma que la embarazase o algún virus que luego le deprimiría sus defensas corporales. Más tarde tuvo enojo porque debió ser precavida en ambos asuntos.

La venganza inconsciente, con su pasión real, la había orillado a ser indefensa. Prometió no recibir jamás a nadie. El resto de su vida lo dedicaría a Luna, su único y verídico amor, por quien podría matar o morir.

En esas noches de desconsuelo, cuando Daniel y ella se encerraban en sus respectivos cuartos, luego de acordada la separación, Rosario comenzaba a reconstruir la historia de los hombres a quienes les había abierto su cuerpo y alma para reaccionar en la vida con ellos. Supo, en el detalle de como se dieron las cosas, que nadie estuvo dispuesto a morir o matar por ella; pero igual había sido su decisión: nadie merecía su muerte o su condena. Y se consoló pensando que el amor en forma de enamoramiento todavía estaba por venir, solamente habría que seguir buscándolo.

Así lo creyó durante meses hasta que un buen día irrumpió de nuevo en su mente Salvador. Se dio cuenta, en el fondo de su ser, de que por él hubiera podido matar o morir. Y deseó con todas sus fuerzas verlo nuevamente. ¿Dónde encontrarlo en esta creciente y multiplicada ciudad? Si el amor sólo tiene un espacio y un tiempo para existir, cómo buscarlo en los sitios que ya no existen, en las horas y los días que ya no son. Se aferró a una certeza vaga e imposible: visitaría con dedicación plazas comerciales y parques públicos, cuyo número es finito en el mapa de la ciudad (aunque la hora y la presencia del encuentro hacen infinitas las posibilidades de la coincidencia). No obstante acostumbró desde entonces ir a todos esos lugares en fines de semana para ver si Salvador aún vivía en esta ciudad. Sobre todo, para saber lo que era más importante: si todavía la amaba para morir o matar por ella. Rosario estaba dispuesta a darse toda, si Salvador decidía lo uno o lo otro, o si lo hacían juntos. Todo sería amarse, al fin y al cabo.

A Paula González

Larios

Marco Aurelio Larios

Guadalajara, Jalisco, México, 1959, es doctor en filosofía por la Universidad de Viena, Austria. Profesor Investigador de la Universidad de Guadalajara. Ha sido profesor huésped en la Universidad de Viena, Austria (1991-1994) y en la Universidad de Rennes II, Francia (1997-1998). Ha publicado en revistas y periódicos locales y nacionales. Como escritor obtuvo el Premio Nacional para Primera Novela Juan Rulfo 1998, otorgado por el INBA y el gobierno de Tlaxcala con El cangrejo de Beethoven (Fondo de Cultura Económica, 2002). Es autor del libro de cuentos La música y otras razones para contar (Editorial Universidad de Guadalajara, 1994, 1997, 2000 y 2003) y del divertimento verbal Erato. Ars amatoria en Guadalajara (Arlequín 1998, 2003). En 2007 La Zonámbula publicó su libro La oportunidad y otros relatos. Y se considera Académico de lo Ficticio.

Taller de creación

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