Los farsantes de la literatura

Luis Rico Chávez

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Parque Alcalde. Fotografía Luis Rico Chávez

¿Qué lenguaje habla la naturaleza? ¿Qué mensajes indescifrables nos lanzan los pájaros cuando cantan a la aurora o a la noche? ¿Qué comunican el amanecer, el atardecer, las manchas multiformes de nubes? ¿Qué música interpretan la lluvia y el trueno, las olas del mar y el arrullo del viento?

¿De qué manera los sentidos del hombre traducen esas sensaciones infinitas? ¿Y cuando se enamora, cuando odia, o cuando deja pasar la vida dándole la espalda? ¿De qué manera el hombre se conecta con los otros y con su entorno? ¿Dónde habitan sus pensamientos más íntimos o sus emociones más intensas?

Las respuestas se hallan en la poesía. Y muchas más, incluso las de aquellas interrogantes que aún están por plantearse y de aquellas que nunca podrán resolver ni la ciencia ni la razón humana.

Estas dudas y las emociones sin nombre que nos asaltan en todo momento —y con mayor intensidad durante de la adolescencia—, la necesidad de indagar y de darle un sentido a nuestra existencia nos convierte en poetas. Malos poetas o simples encadenadores de palabras que creemos intensas, vitales y estéticamente aceptables.

Por suerte, el tiempo, el pragmatismo y la materialidad de la vida nos curan de este mal, y los poetas adolescentes se convierten en periodistas, maestros de literatura (o de lo que se pueda), abogados, médicos, taxistas, merolicos… Pero hay muchos que perseveran, y si tienen la fortuna de convertirse en compadres o amantes del director de un periódico o una revista, o del dueño de una editorial, o si poseen los recursos suficientes y las ganas de invertirlos, pueden incluso publicar, aunque sean malos poetas o, como diría yo, simples farsantes de la literatura.

La corrupción en la política, las estafas empresariales, la voracidad, la pugna sucia y malévola por puestos y canonjías, la denigración, el engaño, la hipocresía, la mentira y todos los daños imaginables de la sociedad contaminan el mundo de las letras. Aunque en escala menor, porque los recursos a repartir son ínfimos comparados con los de la política o los de los grandes consorcios internacionales.

Y eso se refleja en las obras que se publican. Premios, becas, publicaciones y algunas presentaciones con bombo y platillo, hijas del amor mercantilista de las editoriales, no garantizan la calidad de la obra. Ni siquiera los millones de copias vendidas.

Y si las obras impresas muchas veces no son más que una estafa, el mayúsculo engaño lo sufre la poesía. Arropados en la subjetividad, en la interpretación íntima y personal de la existencia, en las metáforas arriesgadas y experimentales, se escriben y ven la luz innombrables galimatías que no son más que palabras huecas e inútiles.

Y cuando uno cree que el ritmo, la musicalidad de los acentos salvan los versos que el poeta con tanto esfuerzo forma, borra, quita, añade, deshace y torna a hacer en su memoria e imaginación1 el lector ingrato no encuentra sino un abismo de vacuidad, textos carentes de pasión y de intensidad emocional.

Hace unas semanas escuché una frase que sin duda se ha vuelto un lugar común de nuestra cultura: en Guadalajara, si levantas una piedra, ahí te encuentras un poeta. Pudiera haber algo de razón en el adagio, pero no refiere nada sobre la calidad. Yo diría que en la mayoría de los casos ni siquiera se alcanza el grado de la medianía.

Recuerdo que en mi infancia, durante mis correrías por los campos de mi Cajititlán natal, cuando levantaba piedras sólo aparecían alimañas. ¿Pero por qué digo todo esto, si se supone que debo invitarlos a la lectura? Y debo confesar que de los géneros, el menos leído es el de la poesía —ah, ya respingó la gente del teatro: ellos quieren arrogarse el derecho a ser los menos leídos—; ¿por qué entonces esta desinvitación?

No: se trata de una simple advertencia: circulan un sinfín de obras que Felipe Garrido califica como “literatura chatarra”, y si bien en el ámbito de la narrativa —sobre todo novelas— un lector inteligente puede identificarlas sin mucho problema, en el ámbito de la poesía el discernimiento resulta harto complicado.

¿Qué leer, entonces? Yo apelo a la complicidad. He leído cientos de libros de poesía y de ésos me quedaría con menos de la mitad. Pero para serles sincero, no me arrepiento de haber leído la otra parte, porque éstos me permitieron valorar e intimar con aquéllos, impulsándome a perseverar en la lectura.

Uno aceptará los libros de poesía con los que sienta alguna cercanía o afinidad, aceptación que muchas veces no coincidirá incluso con su mejor amigo o su amante. Recuerdo que en cierta ocasión compartía yo una lectura que me había dejado las emociones al borde del estallido; el cómplice al que se lo presté se quedó frío como si observara el cielorraso de su habitación que ve cada mañana.

Hay que leer poesía para aprender a organizar, conocer, valorar e intensificar las emociones y las sensaciones propias. Aunque parezca increíble, a veces un mal poema (o un mal poeta) puede dejarnos algo. Simplemente, recordemos nuestras lecturas (nuestros textos) adolescentes: ¿habrá algo peor que eso? Y sin embargo, oxigenaron nuestra psique y nuestra existencia en esos años difíciles, y sin ellas nos habríamos ahogado de depresión o de aburrimiento.

¿Y qué digo de los poetas jaliscienses? Incluyo a varios de ellos en el grupo de los amigos excelentes; a otros, no les regalo ni el saludo. A aquéllos, en ocasiones los he leído con indulgencia, y de su obra mejor no hablar; a esos otros, ni en estado de locura extrema tomaría sus obras. Por supuesto, en nuestro terruño hay poetas de alta calidad, o cuya obra me agrada; de ellos hablaré en alguna ocasión. Vuelvo al adagio citado párrafos atrás: si en verdad bajo las piedras tapatías se encuentra un poeta, muchos de ellos harían bien en permanecer sepultados.

1 Frase del Quijote, en el momento de nombrar a su rocín.

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I can’t get no

Alex era fanático de los Rolling Stones. Sara odiaba esa parte oscura de su personalidad, y otras más, pero se lo callaba. El odio le venía desde el noviazgo, y se recrudeció cuando gastó todo el reparto de utilidades en el equipo de sonido (el año de la reforma fiscal, cuando el contador de la empresa no pudo hacer los ajustes para darnos nada más dos semanas de sueldo, como hacía nuestro tacaño patrón desde el origen de los tiempos), reparto que equivalía a lo que habíamos recibido en los últimos cinco años. Para esos tiempos, una fortuna, por lo que nuestra existencia, que giraba en torno al trabajo y al salario de hambre que ganábamos, se dividía en antes y después del aguinaldo.


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