Una lectura para locos Sobre la obra de Jorge Ibargüengoitia

Luis Rico Chávez

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Sueños de fuga. Fotografía Luis Rico Chávez

No les recomiendo la lectura de Jorge Ibargüengoitia en lugares públicos. A menos que quieran terminar en una casa de locos. Yo estuve a punto de ser recluido en un manicomio en cierta ocasión que se me ocurrió leer La ley de Herodes en un minibús.

Me senté junto a una mujer madura y decente que, muy circunspecta, me cedió el paso al asiento de la ventanilla. No sabía lo que le esperaba. Comencé con una ligera sonrisa al imaginarme “los movimientos de la carne propios del caso” que se describen en el cuento “La mujer que no”. Emití después algunos sonidos guturales cuando la madre les frustra a los amantes la posibilidad de “aplacar sus más bajos instintos”.

En este momento, la mujer de aspecto decente me miraba de reojo con un ligero arqueo de cejas. Llegó el momento, claro, en que no pude contener la carcajada y a mi acompañante circunstancial no le quedó más remedio que, horrorizada, huir hacia sitios menos insanos.

(Lo positivo fue que pude acomodarme a mis anchas en el asiento ahora vacío; de hecho, descubrí que también el de adelante, el de atrás y el de al lado estaban desocupados; todas las miradas, concentradas en los extremos del vehículo, convergían en mi humanidad con el mismo asombro y pavor. Por suerte llegué a mi destino, si no, quién sabe dónde habría terminado mi lectura, a juzgar por las sospechosas llamadas que se hacían, entre dientes y en susurros, a través de los celulares.)

No les contaré la pena ajena que hice pasar a mi hija, en cierta ocasión en que tuve que recogerla al final de una fiesta con sus amiguitas. Como llegué antes de la hora, aún seguía en su apogeo la reunión, por lo que discreto me senté en un lugar apartado. Abrí las Instrucciones para vivir en México y no tardó en manifestarse un incontenible ataque de risa.

Tan abstraído estaba que no reaccioné hasta que descubrí a toda la concurrencia atrincherada en un rincón, dispuesta en orden de batalla; mi hija, queriendo que se la tragara la tierra, no atinaba de qué color ponerse. Por fin reaccionó, y tomándome de la mano literalmente me sacó en vilo del lugar. Perdió todas sus amistades.

Bueno, pues tampoco les recomiendo la lectura de Ibargüengoitia a los historiadores. Me parece que arrugarán la nariz al descubrir la irreverencia con que son tratados los héroes patrios en Los pasos de López, Los relámpagos de agosto, Maten al león, Las muertas (novelas) o en El atentado (teatro).

Tampoco les agradará, me imagino, el desparpajo con que se describen sucesos tan trascendentes y sacrosantos para el devenir de nuestra historia patria. Qué decir de la burla descarada a la solemnidad y a la grandilocuencia de nuestras instituciones y nuestros discursos, que con tanto esfuerzo y empeño han levantado nuestras honorables autoridades.

Ahora que si usted es un mexicano consciente, amante de sus tradiciones, del apego a su terruño y del folclor que nos define como nación, sáltese la obra ensayística que se recoge en obras como La casa de usted y otros viajes, Sálvese quien pueda, ¿Olvida usted su equipaje? Autopsias rápidas, e incluso su teatro —donde el blanco perfecto lo constituyen las familias y las parejas convencionales, aburridas y ridículas—, como Susana y los jóvenes, La lucha con el ángel, Los buenos manejos, Clotilde en su casa, Llegó Margó… Y si usted es político o intelectual, o ama de casa o estudiante, evite también estas obras.

Y una advertencia todavía más escandalosa —en ningún punto la corrosión del humor y la ironía ibargüengoitianas alcanzan niveles más elevados—: si usted es católico, apostólico y guadalupano irredento y de hueso colorado, por ningún motivo vaya a posar su vista —y nunca las deje al alcance de sus hijos— en la ya citada Ley de Herodes (cuentos), mucho menos en Dos crímenes o Estas ruinas que ves (novelas).

Por eso le digo que mejor no lea las obras de este escritor guanajuatense: no se trata más que de una lectura para locos. Yo, por mi parte, quisiera pedirles, de la manera más atenta, que si me encierran en un manicomio, que sea por favor con las obras completas de Jorge Ibargüengoitia.

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Bicicleta

La calle, en la pereza del fin de semana, va oscureciéndose. Agotamos los juegos, las burlas, la charla languidece. Estamos a punto de despedirnos, resignados a dejar que llegue el sueño a trazar otra línea del inevitable camino que nos conduce a la muerte. Llega el Indio, a bordo de una bicicleta de segunda mano y parece iluminar la noche, la vida. Resucitan las bromas, los diálogos, nos disponemos a nuevos juegos. Por turnos paseamos en la bicicleta, cuesta arriba y cuesta abajo por la calle de San Celso.


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