Ray Bradbury, literatura sin decepción

Luis Rico Chávez

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Siluetas. Fotografía Luis Rico Chávez

¿Crónicas marcianas o Fahrenheit 451? No recuerdo cuál de estas dos obras de Ray Bradbury dejó en mi ánimo de lector contumaz la certeza de que me encontraba ante un escritor excepcional. Lo que sí registra mi memoria, al paso de los años, es el placer que página tras página me proporcionó este acercamiento.

Los momentos gratos que disfruté entonces me inclinaron a curiosear en otros títulos de este autor estadounidense. Aunque ciertos prejuicios me detuvieron —la literatura gringa, comercial, es incompatible con mi temperamento; el género de la ciencia-ficción me parece, por lo general, pseudoliteratura…—, el mayor de todos, el riesgo de que su segundo libro resultara una obra mediocre, sobre todo porque el primero nos ilusiona con la posibilidad de que el autor sea capaz de superarse a sí mismo.

Pero mi curiosidad siempre supera mis prejuicios, y ahí voy a tomar por asalto algunas bibliotecas, la más completa de todas la de Rogelio Rodríguez Galván, uno de los lectores que más admiro y quien pasa sus días en las mezquinas jornadas de las galeras de corrección de El Occidental… En fin, sus estantes me dieron para semanas completas de ocio, perdido en la inagotable fantasía de Bradbury.

Y no: la segunda lectura no fue una decepción, todo lo contrario. Luego vino una tercera… y así, como cuento de nunca acabar. Por suerte, la decepción nunca llegó. Por el contrario, aceptando los rasgos positivos de la literatura comercial y las ventajas de la ciencia-ficción, Bradbury se reveló como un escritor capaz de ubicarse por encima de las limitaciones de la mercadotecnia y de los géneros.

¿Por qué seduce tanto a los simples mortales esa literatura que se vende a carretadas? Por su ligereza, por su amenidad, por su espectacularidad. Porque los escritores de ese tipo de obras eligen temas de moda y los explotan con el morbo que lleva a las masas a interesarse por las cuestiones intrascendentes de la vida. Se trata de libros seductores, pero con escaso —si es que poseen alguno— valor literario y sin un solo grado de vitalidad existencial. La obra de Bradbury no es ligera, es ágil; es amena y espectacular sólo cuando la trama o el carácter del personaje lo exige.

Desde que recuerdo, la ciencia-ficción ha estado de moda. O más bien, los medios sensacionalistas han sabido explotar el morbo de una posible invasión extraterrestre, los encuentros con seres de otros planetas u otras galaxias… Y con ese pretexto se han escrito millones de libros, la mayoría mediocres, si no malos.

En cierta ocasión, tras una larga y penosa lectura de los autores más afamados del género —autores que, por cierto, las nuevas generaciones no conocen, y las viejas apenas recuerdan: su obra no resultó digna de atesorarse en la memoria— escribí por encargo un artículo para una revista especializada: hablé de las tramas insólitas y absurdas, de la fantasía descabellada y fuera de lugar, de las atmósferas ilógicas e incongruentes, de los personajes mal construidos, del lenguaje muchas veces denso y excesivamente descriptivo. Por supuesto, mi artículo fue rechazado: se trataba de fanáticos a ultranza del género.

Entonces conocí la obra de Bradbury. Ni literatura comercial ni ciencia-ficción. Simplemente literatura. En efecto, cualquier obra de calidad lo es al margen de cualquier clasificación. Los géneros, las etiquetas, no son más que herramientas que utilizan los investigadores y los maestros por comodidad.

Bradbury —la conclusión es obvia—, por supuesto, está por encima de todos estos defectos que acabo de enumerar. ¿Pero cuál podría ser su mayor virtud? Quizá el hecho de que mientras se lee cualquiera de sus cuentos o novelas uno no piensa que se trata de historias de ciencia-ficción. No se percibe la artificialidad del universo literario que se crea; el lector tiene la certeza de que deambula por un mundo cotidiano, por su mundo, el que habita día a día.

Y ese mundo, así se trate de un astronauta a la deriva en el espacio infinito, del primer terrícola que se encuentra por primera vez con un marciano, es un mundo vital, emotivo, cargado de una intensidad existencial que difícilmente encontramos en otros autores del género.

El lector se identifica con las historias, con los personajes, con los universos de ficción que van creándose ante sus ojos. Es el aspecto humano, con todas sus grandezas y mezquindades, el que cautiva, que seduce, que obliga a conocer una segunda, una tercera obra y mucho más, como cuento de nunca acabar. Y la última certeza: en Ray Bradbury no hay decepción: hay literatura.

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I can’t get no

Alex era fanático de los Rolling Stones. Sara odiaba esa parte oscura de su personalidad, y otras más, pero se lo callaba. El odio le venía desde el noviazgo, y se recrudeció cuando gastó todo el reparto de utilidades en el equipo de sonido (el año de la reforma fiscal, cuando el contador de la empresa no pudo hacer los ajustes para darnos nada más dos semanas de sueldo, como hacía nuestro tacaño patrón desde el origen de los tiempos), reparto que equivalía a lo que habíamos recibido en los últimos cinco años. Para esos tiempos, una fortuna, por lo que nuestra existencia, que giraba en torno al trabajo y al salario de hambre que ganábamos, se dividía en antes y después del aguinaldo.


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