Diez razones para ser científico

Luis Rico Chávez

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Flor 1967. Fotografía Luis Rico Chávez

Aunque no necesitaba presentación, el historiador y narrador Jorge F. Hernández subrayó la “erudición sin pedantería”, la humildad y la capacidad para navegar por “ese mar de los sargazos que es la ciencia en México” de Ruy Pérez Tamayo, durante el encuentro que el científico sostuvo con mil jóvenes (“no es cierto”, matizaría enseguida, “ya los conté y faltan 127”) en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

Y así, sin más preámbulos y en ese tono de socarronería, broma y relajación —que uno pensaría ajeno por completo al ámbito de la ciencia— comenzó la charla, con una pregunta del propio Hernández: “¿Cuáles son las razones para ser científico? Que a mí me gustaría serlo”, añadió entre dientes, “al menos para adelgazar”.

Para responder, Pérez Tamayo evocó una anécdota en la que una vecina, amiga de una conocida de una directora de escuela, lo recomendó para que diera una charla a los estudiantes “de secundaria y de prepa” sobre orientación vocacional, en particular relacionada con la ciencia. “Y como yo soy muy disciplinado y obediente”, respondió a la carta que le enviaron y en la que le pedían que expusiera “diez razones para ser científico”, y así, junto con la charla, nació el libro que escribió con ese título.

Antes de exponer, ante el auditorio de preparatorianos, algunas de esas razones, rememoró aquella por la cual él se volvió científico, 71 años atrás, y subrayó el dato, “a pesar de mi aspecto juvenil”, minimizando sin embargo esta circunstancia, “pues apenas tengo 90 años”. Se dedicó a la ciencia por seguir los pasos de su hermano mayor, quien entró a la carrera de medicina. “Yo no quería ser médico, yo quería ser como mi hermano”, y lo mismo ocurrió con su hermano menor, quien también estudió la carrera. “Así matamos tres pájaros de un tiro: como los libros estaban en francés y eran muy caros, los tres estudiamos con los mismos libros”.

En la Escuela de Medicina conoció a Raúl, hijo de un médico y a quien su padre montó un laboratorio de fisiología, en donde ambos comenzaron a realizar observaciones y experimentos en gatos, a los que atrapaban en las azoteas del vecindario. Detalló enseguida el instrumental requerido y el procedimiento para conseguir sus fines, aunque sus compañeros consideraban que más que gatos, se dedicaban a cazar gatas.

Después de unos tres años de trabajo de observación y recolección de datos, presentaron la información a un profesor y la dejaron lista para un artículo, para publicarla y para presentarla en un congreso, y así comenzó su carrera científica. Al evocar a uno de los profesores que más admiraba, señaló que quería aprender de él, y aprendió a fumar, “aunque yo no fumaba con la misma elegancia, y además fumaba cigarros Delmon”. Después dejó ese mal hábito, aclaró enseguida, “como abandoné muchas de las estupideces que uno hace en la juventud”.

Al evocar a otro de sus profesores mencionó al fisiólogo Arturo Rosenblueth, quien también experimentaba con gatos, y solía decir: “Aquí en el laboratorio el único que tiene la razón es el gato”.

Luego de este preámbulo, se enfocó en las razones para ser científico, y para hablar de la primera recurrió a las palabras de su hijo, quien señala que quien se dedica a la investigación científica nunca envejece, se mantiene en la juventud eterna, pues cuando establece una hipótesis y la comprueba, se siente rejuvenecido.

Para no tener jefe, fue la segunda razón que expuso. Se tiene independencia intelectual. El propio científico establece sus hipótesis, se plantea sus propias preguntas de investigación y decide los experimentos que quiere realizar.

Tercera razón: para no tener horario de trabajo. El científico no se pregunta a qué hora comienza o termina su trabajo, sino que más bien se pregunta a qué hora no va a trabajar, ya que su trabajo consiste en pensar, y las ideas siempre están ahí, a toda hora y en todo lugar.

La cuarta razón es porque uno siempre hace lo que le gusta. “Lo que uno hace bien le gusta, y si lo hace mejor, le gusta mucho más”. Recordó entonces otra anécdota: “A mí me gustaban las matemáticas, porque me gustaba mi maestra de matemáticas. Pero me dejó de gustar cuando me enteré que me engañaba con su marido, aunque no me dejaron de gustar las matemáticas”. Hay que hacer entonces lo que nos gusta.

La siguiente razón para ser científico es porque se usa el cerebro. “A los diputados y a los futbolistas les estorba”, aclaró. Cuando uno usa el cerebro, continuó, es difícil que le tomen el pelo. El científico en todo momento está alerta, y si lee, por ejemplo, en una pasta de dientes, que contiene calcio, se ríe y se pregunta “¿y eso para que me sirve?”, o si escucha del maravilloso shampoo que “controla la caída del cabello, comprobado científicamente” vuelve a reírse y se pregunta que dónde están las evidencias de tal aseveración; en síntesis, que no cree en aquello para lo que no hay demostración.

La sexta razón (y fue la última que expuso, pues señaló que las siguientes ya las abordaría durante las preguntas de los estudiantes) es para hablar con otros científicos. No con los que aparecen en las películas de James Bond, que quieren conquistar el mundo y le pegan a su mujer todos los sábados, sino con los que se dedican a la ciencia en verdad. Aunque su número es reducido (en México hay uno por cada diez mil habitantes) es indispensable el contacto.

Los datos al respecto le sirvieron para exponer el lamentable estado del país en este sentido. “México está subdesarrollado porque su ciencia y su tecnología están subdesarrolladas”. El himno, expuso, debería decir “un científico en cada hijo te dio”, en lugar de “soldado”. Estamos, entonces, a una distancia enorme de tener el mínimo de científicos para convertirnos en un país desarrollado.

Vino a continuación la primera pregunta por parte de los asistentes, y como ocurriría en cada intervención, Pérez Tamayo se quejó de no entender el sentido de la pregunta porque, efectivamente, el planteamiento de la misma era ambiguo y poco claro. Al final el cuestionamiento consistió en si se necesitaba dedicarse a otra actividad para subsistir, además de la ciencia.

Respondió el científico que se dedicó durante 25 años a la medicina, “y después me dediqué sólo a la ciencia, para no dañar a mis pacientes”. Aconsejó, sin embargo, dedicarse a algo más que también interese a los jóvenes. “Diez pesos por autógrafo”, informó luego de que, aprovechando su intervención, quien le planteó la pregunta le solicitó que le firmara su libro.

La siguiente interrogante (“¿por qué a los jóvenes no les interesa la ciencia?”) también lo llevó a cuestionar a su interlocutor: “¿Cuáles son tus datos para afirmar que no les gusta?”, para añadir enseguida que ello se debe a la ignorancia, ya que nadie les ha dicho en qué consiste la ciencia y qué posibilidades tienen para desarrollarse en una carrera científica. Hay además, una grave deficiencia en la divulgación científica.

“¿Cómo aumentar el número de científicos?”, se escuchó, y dijo Pérez Tamayo: “Qué buena pregunta, yo también me la planteo”. Agregó: “Falta una mayor divulgación científica, explicar cuál es el espíritu de la ciencia, cómo se hace, y su contenido: es decir, el qué y el cómo del quehacer científico”.

Tomó de nuevo la palabra Jorge F. Hernández, para interrogarlo sobre la existencia de un libro que inculque el amor a la ciencia, y le planteó si no le interesaba descubrir crímenes por el método científico, y aludió específicamente a Sherlock Holmes. “Usted se vería bien de pipa. Yo sería su Watson”.

Expuso entonces Pérez Tamayo el método que utilizó su maestro de inglés para enseñarle esta lengua, una de cuyas actividades consistía en leer un libro de Bertrand Russell. “¿Cómo llega el amor? A mí me llegó por medio de este libro”. Y de aquí describió enseguida su método de trabajo: “Cada proyecto de investigación se divide en muchos proyectos”. Los problemas son complejos y deben reducirse para estudiar cada parte (método reduccionista); otro método es el holístico, que pretende resolver todo de un golpe. “Yo admiro a los que pretenden hacer eso, porque están locos”, señaló. “No existe un método científico, hay muchos métodos científicos”.

Siguió Hernández su proceso indagatorio: “Yo escribo cuento y novela” (replicó Pérez Tamayo: “Nadie es perfecto”) “y me interesa el qué, cuándo, cómo, dónde… pero le tengo mucho respeto al por qué. En la relación de pareja, por ejemplo, es peligroso; cuando se llega al por qué: ¿por qué hiciste esto?, todo acaba en divorcio”.

“Hay tres preguntas clave: qué, por qué y para qué. La primera consiste en describir el fenómeno de la manera más completa posible; la segunda se refiere a los mecanismos de los fenómenos, y la tercera corresponde al área de la teleología, es decir, pretendemos que existe un propósito que nos explica la razón de los fenómenos, pero éste ya no es el terreno de la ciencia”.

La charla tomó a continuación los cauces de la ciencia y la estética, en las afinidades que tienen ambas como creación humana, y el tema le sirvió a Pérez Tamayo para mencionar el hecho de que Arthur Conan Doyle demostró que la supuesta cura que Robert Koch encontró para la tuberculosis no fue sino una estafa. Le permitió también ahondar en sus puntos de vista sobre la obra de Russell, a quien calificó como un autor magistral y quien se refiere de una manera brillante sobre cuestiones de la ciencia y la realidad.

Se permitió también apostillar sobre la importancia del dominio del idioma. Calificó incluso como “misteriosa” nuestra capacidad de comunicarnos mediante la articulación de sonidos. Aprovechó para exhortar a los jóvenes a esmerarse en su forma de comunicación, la cual no sólo debería ser clara y coherente, sino incluso elegante, “y si no pueden o no saben comunicarse, estudien”.

Ya casi para cerrar la charla, a pregunta expresa habló de dos de sus libros, de los que conserva recuerdos más entrañables: El viejo alquimista, publicado en 1971, cuento que expone el tema de la ciencia explicada a niños y jóvenes. El otro es un tratado sobre patología, el cual se lleva como libro de texto en muchos países latinoamericanos, y que fue incluso traducido al inglés. Pérez Tamayo cuenta que en cierta ocasión recibió un juego de té desde Osaka, regalo de un profesor japonés en agradecimiento por su tratado, el cual utilizaba en sus cursos. “Luego de algunos años viajé a Japón, y el día que llegué se celebraban los funerales del profesor”.

Algún joven despistado continuó con el tema de la rentabilidad de dedicarse a la ciencia. “Si quieres ganar dinero”, contestó el científico, “dedícate a la política”, aunque aclaró enseguida que con su sueldo como profesor de carrera, y con el de su mujer, les alcanzó para vivir con decoro, y viajar cada año a Europa, “a escuchar en Alemania las óperas de Wagner”.

Al final, como un homenaje a Ruy Pérez Tamayo, se realizó una dramatización sobre su obra, con mención especial de El viejo alquimista. El público lo despidió con una merecida ovación de pie.

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Por un six

Me contó que el sábado al mediodía recibió un mensaje del Orejas. Le desea feliz cumpleaños (que había sido el viernes) y que él y el Chivo están puestísimos para festejar su mono. Nomás acabo un bisne y nos vemos, contestó. Los papás del Chivo habían salido, así que su casa, cerca del Parque de la Solidaridad, estaba disponible.


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