Eumelia

Daniel Sada

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Puente viejo, Florencia. Fotografía Luis Rico Chávez

La abuela iba furiosa. Tenía algo de razón. Furiosa habría de ir porque no en balde tantas horas de música monótona, amén de lo demás: la carretera en línea casi siempre, el paisaje colmado de nopales y de principio a fin cerros fenómenos, distantes, en azul: así como el esplín y los equívocos por no saber a qué horas llegarían a... Faltan como seis horas para llegar a México. Tal vez sean muchas más, decía impávido el nieto —quien era el conductor del Ford 83—, en respuesta a la única pregunta que formulaba reiteradamente la anciana que, por cierto, jamás había salido de su pueblo natal. El viaje era a la fuerza (se deduce), a causa de unas reumas empeoradas.

El nieto y su señora copiloto ahítos ingerían botana tras botana, sus nervios, sin embargo, continuaban igual, dado que ni las vibras musicales ni las charras que entre ellos se contaban podían sacarlos de su aburrición. Ya apaguen ese radio, por favor, clamó de pronto Eumelia, que recostada en el asiento amplísimo de atrás, ya para estas alturas, habíase puesto encima de los ojos un trapo de franela a fin de no mirar todo ese encuadre de nubes desgraciadas. Y siendo que el revés de la quietud son esas menudencias que no terminan nunca, tal vez sería mejor hacer repasos, recapitulaciones: al vapor: la probidad de hoy contra los sueños de antes, y dormirse y... Ojalá se durmiera durante todo el camino.

Y sí. El nieto mientras tanto, de acuerdo con la esposa, lo que hizo fue mover la peonza del volumen: bajarle... Tan sólo unos minutos aguantarse para luego subirle a las canciones, poco a poco, se entiende, una vez que la anciana empezara a roncar.

Roncó —fuerte, insidiosa, feliz, a contracurso—, tal como lo había hecho desde que era chamaca y lo seguiría haciendo hasta... ¡La gasolinería! ¿Qué pasa?: se despertó angustiada como si aquello fuera el mismo infierno en perpetuo festín (premonición aparte), adonde habría de irse por ser tan testaruda, según lo comentaban muchísimos parientes, los que la conocieron tiempo ha. Lo demás fue seguir oyendo los ronquidos entremezclados con los chachachás, las salsas, los merengues: hasta México pues —la abuela siguió súpita—. ¡Qué bueno que fue así!

Entonces de otra forma gozar la carretera.

Claro está que más tarde hubo detenimientos, dos o tres cuando mucho, sólo para llenar de nuevo el tanque, lo que representaba una ruptura o un solaz necesario durante algunos minutos, un estire de piernas —un refresco: el dejarla de oír— bajándose del coche la pareja para luego volver a lo invariable.

En lo suyo iba Eumelia, en su sueño viajero. Era curioso verla, presentirla, cual si fuese una efigie recostada en un lecho dijérase final. Verla con disimulo a través del espejo por parte de Matías o verla abiertamente volviendo la cabeza como de cuando en cuando lo hacía Ema: la esposa copiloto, que no dejaba de ingerir botanas... Allí postrada, absurda, la abuela en santa paz: quizá: después de tanto apito, tanto argumento vacuo pero con muchos hilos de por medio... Y lo que había adelante y lo que había también alrededor: la parentela crítica: asimismo hacia atrás: desde la infancia: la educación severa y pues ni modo, ¡cuántas supersticiones hechas ley! La cosa es que... Definitivamente me niego a ir a la ciudad de México porque, según decía mamá, allí hay sobreabundacia de rateros. Es más, cada cinco segundos hay un robo. Tal cual, aunque en distintas formas, lo mismo repetido hasta el cansancio.

Para más referencia y más pretexto paso a paso los miedos de la abuela llegaron hasta el colmo de la exageración: Decía mamá que en la ciudad de México —desde luego basada en otros juicios— los robos son tan rápidos que sólo en un abrir y cerrar de ojos un cristiano cualquiera puede quedarse completamente en cueros, y esto suele ocurrir en la vía pública y a plena luz del día; a tal grado de que si la tal persona pide auxilio o corre como loca, no hay quien le dé una mano luego luego. Por ende, antes de que despierte compasión el prójimo se ríe de buena gana. Así de ese tamaño la fantasmagoría. Salta a la vista pues lo complicado que resultó para los familiares convencerla de todo lo contrario. No, ¡qué va!, ella terca más bien, hundida en sus sospechas. Figuraciones de esa magnitud abarcaron después a otras ciudades: Monterrey, Culiacán, Guadalajara, etc.… Asentamientos donde el caos obliga a la artimaña diaria. Ya hasta en Ramos Arizpe, para no irnos tan lejos, se han dado varios casos de asaltos en la calle casi relampagueantes. Paranoia, mentira o despropósito, lo que nunca debió de ser problema siguió haciéndose grande. Charada inverosímil. No existía por lo mismo una razón de peso para desprejuiciarla, salvo cuando —y esa vez es la única que importa— el médico local le aconsejó que recurriera a un especialista porque lo grave de su enfermedad requería de un estricto tratamiento, además de una gama incalculable de medicinas raras. La explicación, entonces, se reduce a una idea: fue necesario usar cientos de trucos para quitarle a Eumelia de su mente dos o tres telarañas.

Pero... Y aquí viene el motivo principal: el nieto y su señora, acá muy a la sorda, le ofrecieron al médico una jugosa dádiva para que éste enseguida convenciera a la abuela de que sólo allá en México podría encontrar al tal especialista. Y es que ellos también acariciaban el anhelo garzón de una luna de miel en ese laberinto, una curiosidad por darle más vuelo a la embriaguez y al baile durante toda una noche: cuando menos: querían volverse locos risa y risa para desentenderse finalmente de ese México idílico que sale en las películas, de esos centros nocturnos fabulosos.

Ese cuco Matías —habida cuenta de que el espaldarazo recibido por parte de su esposa mal que bien era ya una superganancia— en los últimos meses andaba muy pesudo, por lo tanto tenía sed de aventuras, de vivencias que cuestan dinerales. Derroche al por mayor y a ver qué pasa y aquí van por lo pronto. La carretera azul enriquecida por ideas que despuntan, se diluyen, se amoldan a los trámites de un avatar que aún parece irreal... La música acompaña, es mejor si no se oye demasiado... Ellos hacia, o en pos de una quimera; por cosa del destino desde hacía tiempo juntos: nieto, esposa y abuela, como un nudo difícil de zafar. Por eso el viaje de hoy, visto de otra manera, debía ser consecuencia de algo que a lo mejor tarde o temprano tendría que desatarse.

Un recuento más bien, un desapego al fin de una vida mecánica. Dolor y actividad caben en una frase que resuma y que a su vez pondere una historia enlutada. Hace bastantes años Eumelia se casó con un hombre valiente, apenas empezaba a ser feliz, ya meciendo a una hija entre sus brazos, cuando, por una tontería, a su esposo le dieron matarili en una cantinucha. Allí quedó tendido en un charco de sangre. Pues a llorar, ¡qué diantres!, sólo por unos meses desde luego, porque la vida jala como quiera que sea hacia otros derroteros. La hija creció débil, débil y timorata se enfrentó de repente a lo que nunca hubo presentido: una pobreza siempre apuradísima, tan llena de preguntas sin respuesta, como para tomar la decisión de casarse al vapor, sin premeditación, alevosía y ventaja, como sucede a veces. Casarse porque sí toda vez que un fulano irresponsable le dijera al oído cosas bellas y le plantara un beso en plena boca y vámonos. Ella se dejó ir. Un beso-golosina y un frenesí glorioso de caricias. Eso fue suficiente para que ella cayera como una condenada; la carne masculina obró en definitiva, pasión y más pasión hasta empequeñecerla. Soy toda tuya, amor, le dijo al vago, y éste, sintiéndose maestro, a media luz se la comió gustoso... Pasado cierto tiempo vino la consecuencia irrefrenable: un vástago llorón. En un momento dado el susodicho vago se llevó a su mujer lo más lejos posible. El retoño, no obstante (Matías Cantú Barrón), se quedó con la abuela, quien estuvo dispuesta a cuidarlo día y noche mientras el matrimonio anduviese de compras allá en el otro lado, en Eagle Pass, Mc Allen o en Del Río, ¡sepa Dios! La pareja más bien se desapareció.

Se adivina, por tanto, la verdadera historia subsecuente. Ningún tío hasta la fecha ha sabido de ellos. Entonces la unidad entre nieto y abuela se fue fortaleciendo al paso de los años, amén del agravante que no podía faltar: circularon en tomo los malos pensamientos: dizque la dependencia corrosiva del uno para la otra habría de terminar en gatería. Y qué decir de su lealtad infame expresada por ambos ante la parentela. Infame parentela que hubo de imaginar, que sigue imaginando, por lo mismo, cosas horripilantes.

Ya a mitad del camino las salsas, los merengues, en sí los chachachás, sonaban diferente. Todo revuelto, en síntesis, parecía un son tocado por los ángeles. La abuela despertó precisamente cuando entraban de noche a la ciudad de México. Vastedad animosa, ingobernable, un infierno más grande que la imaginación, y ¿a dónde?, ¿en qué lugar habrían de detenerse? A modo de relevo, pero muy a destiempo, la esposa copiloto incoaba un ronquido chillador. Alerta Eumelia en cambio, casi paralizada: ante el sorteo de luces que se iba transformando en tanto relucía cada vez más la admonición materna, como una cataplasma: No olvides que si vas a esa ciudad del diablo quedarás maldecida para siempre... Por lo pronto es seguro que te roben, aunque sea una pulsera.

Y por instinto ella se tocó una muñeca... No, no había pasado nada... Luego se persignó.vA grandes rasgos el plan ya estaba hecho. Este cuco Matías tenía una lista parcial de cabaretes: que el Margo, el California o el Run Run, y al barajeo mental la mayoría, puesto que la memoria es traicionera. (¿El Terraza Casino? ¿El Caracol?) Es que el nieto no tuvo la ocurrencia de usar papel y lápiz. Es que la lista fue proporcionada mediante conferencia telefónica por el distribuidor Pepe Abaroa, quien recibía en bodegas semirrefrigeradas los fletes colosales de frutas y legumbres para su mercadeo. El proveedor Matías le enviaba mes con mes unos siete, ocho tráileres, como mínimo seis, siendo ésa la excepción. A conveniencia pues la relación: artificial, benigna si se quiere, tan sólo sostenida por un negocio que —dicho sea de paso— marchaba viento en popa, por lo mismo mayúsculo, impensado, el monto de las ventas y mucho más el agradecimiento por parte de:

—¿Por qué no vienes a tu humilde casa con toda tu familia? Yo los atenderé como se debe en la ciudad más grande del planeta.

¿Humilde? ¡Qué cínico era este hombre, por Dios santo! La invitación aún estaba en pie para llegar cualquiera de estos días de sopetón o sin decir “¿se puede?”, cual si llegaran efectivamente a su propio reducto. ¡Vaya amabilidad!

Llegaron, eso sí, muy convencidos de que les abrirían. No obstante, con verdadera angustia hubieron de tocar el interfón como unas veinte veces, y mientras tanto el frío, las altas horas: hacia un límite abrupto: la zozobra, la calle inenarrable, las iluminaciones acechantes... Temblando ellos un poco y con razón, la abuela sobre todo, quien para su desdicha pudo observar que andaban por ahí algunos vagos muy antojadizos. ¿Serían? Sí, esos ladrones casi de leyenda de quienes su mamá pelonamente le había hablado hasta el colmo: ¿por qué nomás a ella? Como si desde tiempo inmemorial dichos fulanos aguardaran a que llegara Eumelia para... ¡Ésos eran!, ¡sí, pues! Lo bueno fue que pronto vino la salvación.

Por la bocina se oyó una voz modorra. Recibimiento lerdo al fin y al cabo. Pepe Abaroa en piyamas: ¡Qué milagro que vienen!, ¡pásenle, por favor!... Mero trasunto el respirar de tajo la atmósfera casera. Olorcito que jala... Pepe Abaroa enseguida buscando las cobijas, los mejores rincones y: no fue problema acomodar a tres, ya que su residencia era espaciosa. Espaciosa de sobra para un hombre soltero como él, un mendaz cuarentón que era un costal de mañas, un solitario muy a la moderna: derrochador demente, retacado de muebles a lo tonto.

—Buenas noches —les dijo entre bostezos—. Sí, claro... yo sé a lo que han venido, pero mejor mañana platicamos.

¿Mañana? Tan solo en unas horas —como a eso de la una de la tarde— ya estaban a la mesa departiendo. Tuvo que haber preámbulos, ciertas moderaciones que al obviarse pronto se transformaron en glosa arrebatada, de suyo contrastante con la mudez climática de Eumelia que, con los ojos fijos en el platón de frutas, oía azonzada los atrabancamientos. Cierto que ellos al bies querrían entresacar de todo ese flagrante parloteo uno o varios motivos accesorios que pudiesen caber en un periodo no mayor de seis días. Qué tal una visita a las pirámides, qué tal a Xochimilco. Mientras tanto los tres discutidores comían, bebían café con leche, ni se acabaron una sola pieza de los panes que estaban a su alcance. Unos cuantos, hasta eso, mordisqueados.

Júbilo o nerviosismo.

Urgencia a fin de cuentas, pero, si a ésas vamos, nada era para tanto, o sea: motivo suficiente sería entonces el plan preconcebido por teléfono. Un poco más tranquilos, más con ganas de oír y hablar en orden fueron haciendo cálculos... Tendrían muy buena suerte si el plan les resultara como lo habían pensado, pero: como lo habían pensado no se iba a poder. Es más: ya de por sí ese día estaba casi muerto. Es que en la capital cada minuto es oro. De modo que debieron levantarse un poco más temprano. Sin embargo, ¡qué le hace! Y lo primero es esto: el consultorio médico se encontraba a una cuadra de distancia (el tal especialista); se dilucida pues la gran ventaja, la gran comodidad prevista antes del viaje.

—Por ahí donde están esas antenas de televisión... ¿Las ven?, ¿sí?; por ahí entre las ramas de los árboles...

Justo abajo, y también justo el tiempo para ir. Se fueron sin más trámite. Tras el tejemaneje inevitable ya tendrían ocasión de darle rienda suelta a tantas y estentóreas distracciones. Aquellos sueños de cabareteo, hacerlos realidad: era el paso siguiente.

Antes de dar un salto en el orden normal de un pormenor, caben aquí los puntos suspensivos o la tipografía que sea más útil para indicar que no hubo contratiempos en lo que toca al rápido traslado, siendo que la fortuna les sonrió: encontraron al tal especialista dispuesto a recibir a la paciente —a la que le pidió, luego de media hora de consulta, una prueba de orina y otra de excremento; sorpresivo diagnóstico, ¡caray!, dado que unas reumas por muy mal que se encuentren nada tienen que ver con problemas de estómago—, la receta enseguida, indescifrable siempre, eran más de dos hojas atascadas de tinta; las recomendaciones fueron de viva voz. A cambio el desenfado posterior: en menos de dos horas estuvieron en casa con los medicamentos adquiridos y hablando ahora sí de lo que tanto ansiaban.

—Hay un centro nocturno que se ha puesto de moda, se llama “Los Infiernos”. Si ustedes se deciden podemos ir allí. Aunque el Bar León o el mismo Caracol no son tan despreciables.

—Vamos al que tú digas —clamó eufórica Ema.

Aunque la abuela enferma… No, no les significaba ni siquiera un dilema, pese al blancor horrendo, transparente, que apareció en su rostro cuando supo en verdad lo venidero. Resolvieron los tres que ella se quedaría como dueña y señora metida a piedra y lodo en esa casa extraña. No la iban a invitar, sería una ofensa. Lógico es que se armara de valor. Le aconsejaron cómo. Que dejara las luces encendidas y que pusiera música bailable, pero a todo volumen, para que los ladrones no osaran penetrar. Una fiesta fantasma indispensable. Y los rezos y las imploraciones, como apoyo indirecto, para que se sintiera en compañía. También le dejarían sobre un bufete un extenso enlistado de teléfonos en el que figuraban por supuesto los de la Policía, el Cuerpo de Bomberos, las Cruces Roja y Verde, sin olvidar los de las amistades principales del vivaz solterón y los de LOCATEL, sin olvidar tampoco una copia de llaves de la casa, además de una suma de dinero… DE TODO LO QUE EN TÉRMINOS DE APURO SE PUDIERA OFRECER…Tardó el convencimiento porque Eumelia ponía bastantes trabas. De hecho, si nomás por antojo ella hubiese querido frustrarles la salida, ya se imaginarán cuántos achaques saldrían a relucir. No obstante por enfado, por no seguir oyendo sugerencias, que no son otra cosa más que órdenes, aquí está lo que dijo:

—Vayan tranquilos, pues. Entiendo que son jóvenes y quieren alocarse. En cuanto a mí, que sea lo que Dios quiera.

Y lo que Dios dispuso desde arriba fue que ella se valiera por sí misma como deben valerse las personas que todavía se sienten muy lejos de su tumba. ¿Y luego? Las maniobras. Cada quien por su lado. Emperifollamientos más o menos contra inseguridad alambicada de inocentes palomas que quisieran volar al más allá. Hacia el baile total. Y el “no” de la abuelita paseadora a la fuerza, horrorizándose de su familia. Y hasta quería gritar como una niña. Lo que le entró después de repensar y repensar tonteras no fue siquiera un arrepentimiento sino cierto coraje de mujer, de mujer valerosa y solitaria, pero en una gran casa, desde el atardecer, envuelta ya en aromas que al fin configuraban un aroma intermedio, el cual, para acabar, fue el que impregnó: la casa de dos pisos, con cuatro amplias recámaras, una sala de lujo, un comedor de cedro y tres largos pasillos como para perderse o darse a la tarea de presentir que en cualquier recoveco habría una aparición, muchas apariciones, de toda su familia de una vez, gritándole, injuriándola.

¡No!, no era por ese lado.

Mejor, estoica, inexpresiva, quedóse como vil espantapájaros luego de que los tres se fueron al demonio.

Risas encadenadas hacia el baile.

El trío punible, y ella, lerda, a sus anchas, como en cámara lenta fue avanzando…

¿Hacia dónde? A saber… Es que la oscuridad tiene más rumbos, las cosas son de bulto o al tanteo, y sin hacerse una capirotada imaginaria de todo ese sustrato indefinible que es lo negro en lo negro Eumelia de una vez se fue en directo hacia una ventana de las cuatro que había en el segundo piso. La luz. El resplandor. Se puso ella, se quiso una romántica cualquiera. Se puso a recordar quién sabe qué diabluras que a lo mejor no eran. SE PUSO. La noche urbana apenas asomando, la insinuación de un fuego de artificio y la fisonomía de un emplastado, ingente, por decir; urbano, por negar. ¡Mundo! ¡Superchería! ¡Necesidad! Rumores atrayentes, formas enamoradas del horror y la entrega, y Eumelia, por lo mismo, queriéndose quitar de la cabeza esas barbaridades que le decía su madre, las cuales desde luego la mamá debió haber aprendido de sus antepasados, y así hasta los inicios españoles. “¡No vayan!, ¡no sean tontos!”, sería el lema perpetuo, más bien es y será. Sin embargo la abuela a sí misma se dijo:

—Yo creo que aquí la gente se la pasa rebién.

En el anonimato.

Esta ciudad es el lugar idóneo para perderse y para recobrarse, sobre todo perderse por las calles, nunca dar con un sitio y dar con todos. Perderse pues, a cuenta y riesgo propios, tal como se perdieron su hija amelcochada y el vago voluptuoso allá en Mc Allen o tal vez allá en Donna. Entonces la abuelita atisbó en un antojo de amorcito de madre: verla aquí… Ver a su retoñito ya bien establecido y no nomás mirado en los retratos, sino, si se pudiera en carne y hueso; en cuanto al vago: no, no tenía caso verlo. Y se durmió la pobre en un sillón, espacio le sobraba.

Hacia el amanecer los deseos de la noche se apagaron. La hija entre tinieblas y el vago iluminado eran como una hoja desprendida de un árbol. Hacia el amanecer, como si la empujara algún resorte, Eumelia fue en directo a la cocina. Un frasco, ¿dónde?, y no tardó gran cosa en encontrarlo. Por cierto el excremento, ¡qué deseos!, ¡cuántos pujidos necesitaría para siquiera hacer un mojoncito del tamaño de su chile jalapeño! Pujó y pujó y lo hizo, lo colocó en un frasco vacío de NESCAFÉ. No se puede negar que dicho proceder en un principio debió causarle mucha repugnancia, pero vino la tapa salvadora y la bolsa vistosa: una de LIVERPOOL, y entonces ya ni qué: aquello era un tesoro.

Para su mala suerte la orina nunca vino.

El tal especialista le había dicho que a eso de las seis de la mañana se presentara con el par de muestras, además de bañada y en ayunas. ¿Bañarse? Eumelia lo pensó. Es que en la madrugada… Agua caliente había, lo comprobó… ¡Vamos! La temblorina.

La caricia del agua y el desvío imaginario… Llegar a toda prisa al consultorio para decir de buenas a primeras: Aquí está el excremento que usted me pidió ayer. Ojalá que le sirva sólo eso, porque, por más que quise, no salieron los meados. Ja, ¡qué descaro sería decirlo de ese modo, al estilo ranchero! Por lo mismo vendría de corrección de aquél: Por Dios, señora mía, se dice orina. O-R-I-N-A simplemente, así como lo oye… Y bajo el chorro de agua la reumática reía, reía triunfal.

Casi en tres zapatazos estuvo al punto: lista para salir sin avisarles a los que de seguro habían llegado rancios, tambaleantes, adivinando entre la oscuridad blanduras, asideros, lechos para caerse como tablas. En tanto que la abuela vivaracha —y no por ir en contra de toda esa molienda musical— estaba a un tris de abrir puerta tras puerta hasta ganar la calle. Situémosla expedita, con aires de grandeza insuficientes como para avanzar despreocupada. Iba, no obstante, dizque muy retadora de la ciudad de México. Mal vestida por cierto, a las carreras, a pesar de que no eran ni diez para las seis. Falda y blusa arrugadas, un chal, un par de chanclas, y todavía arreglándose la greña; libre, medio ridícula, pero sin el embargo de saberse no tanto vigilada sino compadecida.

A cambio el espectáculo naciente. Gente bicicletera, en motos o de a pie: pimpante o agachada. También muchos camiones. También muchos tamales, humaredas; y modos, jeringonzas, y brotes de agresión. La chistosaza en ciernes, contrapuesta, a guisa de paliques pendencieros en medio del apuro general. Y Eumelia, por contagio, por no dejarse ir tras un deslumbramiento, aceleró su paso.

Guiada por su intuición y su memoria debía de entorilarse nada más: por esa misma acera: sólo con la idea fija en su cabeza de encontrar el dichoso consultorio. En cuanto al excremento, ni quien se percatara de que ella lo llevaba paseando en una bolsa lechuguina, o sea: conforme al movimiento de su andar: sus brazos en vaivén: en una de sus manos el pendiente. Sí, la cosa codiciada, la apariencia de algo muy valioso; y cuando más se iba arrepintiendo de haber fraguado en su imaginación vanas y espeluznantes tonterías: ¡bolas!:un hombre encarrerado le arrebató la bolsa y en menos de un segundo se desapareció, a lo mejor ya andaba volando entre las nubes.

Metáfora engañosa, porque tan sólo el nombre LIVERPOOL, sea pues lo estilizado del objeto y las mil deducciones sobre la demasía, ah, ¡qué fina desmesura!, ¡qué innoble paradoja!

—¡Deténganlo!, ¡detente, miserable ladrón!

¿Qué? Nadie, ¿para qué preocuparse de lo que no preocupa? Entonces la abuelita como pudo se encarreró con fe hacia donde creía que era más conveniente, pero a unos siete metros dio el ranazo. ¡Deténte!... ¡Detengan al ratero! Nomás por no dejar volteó hacia arriba, y al no ver más que pura nublazón mejor trató de incorporarse pronto, no fuera ser que luego le robaran una prenda cualquiera. Tenía que refugiarse, pero ¿dónde? Y se sintió más sola que un tejón… ¡Al diablo el excremento! Imposible alcanzarlo. Ya le faltaba poco sin embargo para llegar a… El tal especialista la recibió gustoso. (El consultorio por primera vez la hizo sentir que estaba, o que iba entrando a un lugar parecido a su recámara, la de siempre: olorosa, sumida en un alcohol adulterado.) Estaba la mujer para quejarse. Sacó de sopetón lo que traía entre dientes como si el que la oía fuese su salvador, su ángel de la guarda, su cristo o su mamá resucitados:

—Me robaron las muestras de excremento —y poco a poco fue la explicación que en tres o cuatro frases no pudo redondear. A lo que por tan simple desventura el tal especialista creyó sobreentender que no era exagerada la noticia. Algo para reírse a carcajadas, aunque también para guardar las formas; por ende se llevó tres dedos a la boca, disimulando acaso un estornudo. De suyo, a lo que parecía un drama innecesario él podía darle un giro de comedia. Así, queriéndose tal vez condescendiente, le respondió con tono de padre celestial:

—Pero, señora mía, eso es muy fácil de solucionar. Venga mañana a esta misma hora con lo que le pedí. Si por algún motivo usted no puede obrar, con la muestra de orina me conformo… Y ahora sí discúlpeme señora, tengo que despedirla, es que estoy saturado de pacientes. Mi agenda está completa, ¿usted me entiende?

La verdad entendible, o al menos inmediata, es que en el consultorio había un silencio tal que casi era imposible suponer que los pacientes y las enfermeras se hubieran escondido en un lugar ficticio mientras ella estuviese en tiempo de consulta. Bah, no fueron ni siquiera diez minutos.

La despidió. Se fue. Algo la despidió en definitiva. Luego: baladronadas: hacer la conexión con las sentencias dichas por su mamá; hacer la conexión con el ratero, nomás por puro antojo, pero… ¿Tendría caso saber hasta dónde llegó?

Eumelia pudo entonces concebir que en una esquina (de las tantas que hay en este laberinto), o en un mugre resquicio, probablemente el frasco de NESCAFÉ estaría ya no digamos que partido en cuatro, sino hecho un batidillo nauseabundo: añicos y acidez a la intemperie y… La abuela iba furiosa… ¿Qué les iba a decir a los cabareteros?, sea pues ¿a los que amodorrados, o con franco desgano, oirían el suceso como oír un merengue muy mal ejecutado?

Lo cierto sería entonces una grandiosa mueca a modo de respuesta, una mueca de enfado, de plano indiferente, no obstante que la abuela tuviera la razón.

Sada

Daniel Sada

Nació en Mexicali, Baja California, en 1953. Es poeta y escritor. Su obra ha sido traducida al inglés, alemán y holandés. Ha sido profesor de literatura universal y mexicana. En 1992 recibió el Premio Xavier Villaurrutia, uno de los más importantes de Latinoamérica, por su libro Registro de causantes. También ha sido becario del Centro de Escritores Mexicanos, Instituto Nacional para las Artes, y Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, además de que ha sido juez en varios concursos literarios nacionales. Sus libros incluyen Los lugares (poesía), Lampa vida, Albedrío, Una de dos (novela) y Juguete de nadie (cuentos).

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