El cuervo

Edgar Allan Poe

26

Plaza de la Señoría, Florencia. Fotografía Luis Rico Chávez

Una vez, al filo de una lúgubre medianoche,
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
oyóse de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.
“Es —dije musitando— un visitante
tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
          Eso es todo, y nada más”.

¡Ah! Aquel lúcido recuerdo
de un gélido diciembre;
espectros de brasas moribundas
reflejadas en el suelo;
angustia del deseo del nuevo día;
en vano encareciendo a mis libros
dieran tregua a mi dolor,
dolor por la pérdida de Leonora, la única
virgen radiante. Leonora por los ángeles llamada.
          Aquí ya sin nombre, para siempre.

Y el crujir triste, vago, escalofriante
de la seda de las cortinas rojas
llenábanme de fantásticos terrores
jamás antes sentidos. Y ahora aquí, en pie,
acallando el latido de mi corazón,
vuelvo a repetir:
“Es un visitante a la puerta de mi cuarto
queriendo entrar. Algún visitante
que a deshora a mi cuarto quiere entrar.
          Eso es todo, y nada más”.

Ahora, mi ánimo cobra bríos,
y ya sin titubeos:
“Señor —dije— o señora, en verdad vuestro perdón imploro,
mas el caso es que, adormilado
cuando vinisteis a tocar quedamente,
tan quedo vinisteis a llamar
a llamar a la puerta de mi cuarto,
que apenas pude creer que os oía”.
Y entonces abrí de par en par la puerta:
          Oscuridad, y nada más.

Escrutando hondo en aquella negrura
permanecí largo rato atónito, temeroso,
dudando, soñando sueños que ningún mortal
se haya atrevido a soñar jamás.
Mas en el silencio insondable la quietud callaba
y la única palabra allí proferida
era el balbuceo de un nombre: ¡Leonora!
Lo pronuncié en un susurro y el eco
lo devolvió en un murmullo: “¡Leonora!”
          Apenas esto fue, y nada más.

Vuelto a mi cuarto, mi alma toda,
toda mi alma abrasándose dentro de mí
no tardé de oír de nuevo tocar con mayor fuerza.
“Ciertamente —me dije—, ciertamente
algo sucede en la reja de mi ventana.
Dejad, pues, que vea lo que sucede allí,
y así penetrar pueda en el misterio.
Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio,
y así penetrar pueda en el misterio.
          ¡Es el viento, y nada más!”

De un golpe abrí la puerta.
Y con suave batir de alas entró
un majestuoso cuervo
de los santos días ido,
sin asomo de reverencia
ni un instante quedo.
Y con aires de gran señor o de gran dama
fue a posarse en el busto de Palas
sobre el dintel de mi puerta.
          Posado, inmóvil, y nadas más.

Entonces, este pájaro de ébano
cambió mis tristes fantasías en una sonrisa
con el grave y severo decoro
del aspecto de que se revestía.
“Aun con tu cresta cercenada y mocha —le dije—
no serás un cobarde,
hórrido cuervo vetusto y amenazador,
evadido de la ribera nocturna.
¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la noche plutónica!”
          Y el cuervo dijo: “Nunca más”.

Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado
pudiera hablar tan claramente:
aunque poco significaba su respuesta,
poco pertinente era. Pues no podemos
sino concordar en que ningún ser humano
ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro
posado en el dintel de su puerta,
pájaro o bestia posado en el busto esculpido
de Palas en el dintel de su puerta
          con semejante nombre: “Nunca más”.

Mas el cuervo, posado solitario en el sereno busto,
las palabras pronunció, como vertiendo
su alma sólo en esas palabras.
Nada más dijo entonces:
no movió ni una pluma.
Y entonces yo me dije apenas murmurando:
“Otros amigos se han ido,
mañana él también me dejará
como me abandonaron mis esperanzas”.
          Y entonces dijo el pájaro: “Nunca más”.

Sobrecogido al romper el silencio
tan idóneas palabras,
“sin duda —pensé— sin duda eso que dice
es todo lo que sabe, su solo repertorio, aprendido
de un amo infortunado a quien desastre impío
persiguió, acaso sin dar tregua,
hasta que su cantinela sólo tuvo un sentido,
hasta que las endechas de su esperanza
llevaron sólo esa carga melancólica
          de nunca, nunca más”.

Mas el cuervo arrancó todavía
de mis tristes fantasía una sonrisa:
y entonces, hundiéndome en el terciopelo,
empecé a enlazar una fantasía con otra,
pensando en lo que este ominoso pájaro de antaño,
lo que este cuervo, desgarbado, hórrido,
flaco y ominoso pájaro de antaño
          quería decir graznando: “Nunca más”.

En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra
frente al ave cuyos ojos, como tizones encendidos,
quemaban hasta el fondo de mi pecho.
Esto y más, sentado, adivinaba,
con la cabeza reclinada
en el aterciopelado forro del cojín
acariciado por la luz de la lámpara:
en el forro de terciopelo violeta
acariciado por la luz de la lámpara
          ¡que ella no oprimiría, ay, nunca más!

Entonces me pareció que el aire
se tornaba más denso, perfumado
por invisible incensario mecido por serafines,
cuyas pisadas tintineaban en el piso alfombrado.
“¡Miserable —dije—, tu dios te ha concedido,
por estos ángeles te ha otorgado una tregua,
tregua de nepenta para tus recuerdos de Leonora!
¡Apura, oh, apura esta dulce nepenta
y olvida a tu ausente Leonora!”
          Y el cuervo dijo: “Nunca más”.

“¡Profeta! —exclame—, ¡cosa diabólica!
¡profeta, sí, seas pájaro o demonio
enviado, enviado por el tentador, o arrojado
por la tempestad a este refugio desolado e impávido,
a esta desértica tierra encantada,
a este hogar hechizado por el horror!
Profeta, dime, en verdad te lo imploro:
¿hay, dime, hay bálsamo en Galahad?
¡Dime, dime, te imploro!”
          Y el cuervo dijo: “Nunca más”.

“¡Profeta! —exclamé—, ¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio!
¡Por ese cielo que se curva sobre nuestras cabezas,
por ese Dios que adoramos tú y yo,
dile a esta alma abrumada de penas si en el remoto Edén
tendrá en sus brazos a una santa doncella
llamada por los ángeles Leonora,
tendrá en sus brazos a una rara y radiante virgen
llamada por los ángeles Leonora!”
          Y el cuervo dijo: “Nunca más”.

“¡Sea esa palabra nuestra señal de partida
pájaro o espíritu maligno —le grité presuntuoso—
¡Vuelve a la tempestad, a la ribera de la noche plutónica.
No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira
que profirió tu espíritu!
Deja mi soledad intacta.
Abandona el busto del dintel de mi puerta.
Aparta tu pico de mi corazón
y tu figura del dintel de mi puerta”.
          Y el cuervo dijo: “Nunca más”.

Y el cuervo nunca emprendió el vuelo.
Aún sigue posado, aún sigue posado
en el pálido busto de Palas,
en el dintel de la puerta de mi cuarto.
Y sus ojos tienen la apariencia
de los de un demonio que está soñando.
Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama
tiende en el suelo sus sombras. Y mi alma,
del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,
          no podrá liberarse ¡nunca más!

Traducción Francisco Peña Bernal

Poe

Edgar Allan Poe

Escritor romántico estadounidense (1809-1849), en el verdadero sentido del término, es decir, que perteneció a esta corriente literaria característica del siglo XIX, tan amante de lo tétrico, lo oscuro, lo fantasmal y las leyendas y tradiciones medievales, además de la intensidad de las emociones, la libertad y la rebeldía. Escritor brillante, cultivó tanto la poesía como el relato y el ensayo. Además de los cuentos de terror, se le considera el iniciador del género policiaco y del detective (Dupin, protagonista de “La carta robada”, “Los crímenes de la calle Morgue”) que inspiró sin duda el Sherlock Holmes. Sus Narraciones extraordinarias incluyen títulos como “El pozo y el péndulo”, “El corazón delator”, “La caída de la casa Usher”, “El gato negro”, “El barril del amontillado”, “La máscara de la muerte roja”. También escribió la novela Las aventuras de Arthur Gordon Pym.

Literatura mexicana

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