Cuentos Selección

José Agustín

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Arte urbano, Guadalajara. Fotografía Luis Rico Chávez

El fantasma de Buddy Holly

No me lo van a creer, pero para mi absoluta sorpresa la otra noche soñé con el gran Buddy Holly. Lo vi tal como aparece en su primer disco, con los anteojos tipo Woody Allen y el riguroso traje. Se hallaba envuelto en una nube negra en la que las continuas descargas eléctricas lo emblanquecían de repente, y así me dijo lo que ahora transcribo sin la menor alteración.

Tengo veintidós años y me gusta ponerme traje y corbata. Y qué. ¿Me veo cuadrado? Pues me vale. Yo no tengo tiempo de estar pensando en el look, no quiero ser una Glamorosa Estrella. En realidad no quiero nada, más que hacer lo que me gusta, y lo que más me gusta es componer canciones y tocarlas con otros tres vatos, porque, para mí, el conjunto de rock por excelencia es de cuatro: bataca, tololoche o bajo eléctrico, requinto y un cantante que de perdida pueda tocar una lira de acompañamiento, o maracas, pandero, güiro, percusiones leves: una clave, una tabla para lavar, esas cosas. Pero, eso sí: a huevo tiene que tocar la armónica. Si no, está jodido. Y cantar, claro, con estilacho, como Presley, y luego con la voz muy aguda, sin miedo a los falsetes. Digo.

Pues sí, así formé yo mi grupo, The Crickets. Sí, los Grillos. Tú dirás que este nombre es totalmente anodino, si no es que tarado, pero ésa es la movida que siempre me traje: pasar por fresa para quitarme de encima toda la jodedera que soportan los que andan muy machines, muy hip. A fin de cuentas, lo de a deveras está dentro, no en la carátula, ¿o no? Es mejor llamar la atención por el trabajo y no por la fachada: cómo te vistes, qué jaladas dices. En las canciones está todo. Mira, a mí se me ocurre una tonadita, y con ella por lo general sale la letra, sola, como una que no se me iba de encima y le puse “Ése será el día”. Bueno, pues compuse el asunto y junté a unos changos y la grabamos en el garash de mi casa, con el equipo que tanto trabajo me costó comprar. Debo decirte que en esa época, te estoy hablando del siglo pasado, de los mil novecientos cincuenta y tantos, yo andaba más en la cosa ranchera, digo, si naces en Texas o en el sur tienes que entrarle a la onda ranch, ¿no?, y, total, mi canción era ranchona. Logré que la Decca la comprara. Pero no pegó.

Y ahí andábamos, tocando y palomeando donde se pudiera, cuando nos dieron chance de abrirle una tocada a Elvis Presley, que para entonces andaba de jira y en el estrellato total. No, pues nos impresionó mucho el Pelvis y yo comprendí que a la verga con las rancheras, la verdadera onda estaba en el rocanrol, así es que entonces formé a los Crickets y grabamos “That’ll be the day”, ahora como rocanrolito. Le metí pistas dobles y triples, lo cual no hacía nadie entonces, y nos la aceptaron en Discos Coral. No, pues esta canción llegó al primer lugar de ventas y de pronto ya éramos famosísimos; nos pedían autógrafos, se emocionaban como loquitos, las chavas se desmayaban, nos hacían entrevistas y tuvimos que salir de jira porque todos querían vernos.

De por sí desde antes del exitazo yo andaba en una etapa muy prendida componiendo rocanroles y me eché una buena serie. Casi todos pegaron fuerte, en especial “Peggy Sue”, que le compuse a la novia de Jerry Allison, el nuevo bataquista de los Grilletes (je je). Pero también la hicimos en grande con “Early in the morning”, “Not fade away”, “Rave on” y con “It doesn’t matter anymore”. Y de pronto ya éramos casi tan famosos como Elvis. De todas partes nos llamaban. A mis cuais no les gustó que yo sobresaliera, me agarraron envidia, así es que mandé al carajo a Norman Petty, el productor, que me quería agarrar de su mensito, y a los Crickets también, de pasada, y nos metimos en un horrendo pleito legal.

Yo necesitaba lana, porque además me acababa de casar con la Divina Chuy, que diga, con María Elenita Santiago, y acepté entrarle a una jira, que se llamaba la Jira de los Bailes-fiesta de Invierno, en medio de nevadas y borrascas, íbamos tan lentos que en lowa, al Big Bopper y al Ritchie Valens y a mí, que éramos los stars de la jira y teníamos con qué, se nos ocurrió contratar un avión para llegar a Minnesotta en menos que se dice cuas. Lo hicimos, y apenas nos habíamos subido cuando el avioncito empezó a zarandearse gacho y yo de pronto comprendí que hasta ahí llegaba mi boleto. Nos íbamos a morir, ni más ni menos. Lo supe clarito. Me entró una sensación muy cool y vi que tanto el Big Bopper como Ritchie también habían comprendido que nos íbamos a dar en toda la jefatura. Nos miramos sin decir nada, porque el estruendo de la tormenta y el motor ensordecía. Y “oh baby, you know what I like!”, alcanzó a canturrear el Bopper con una sonrisa triste cuando el avión se estrelló y nos morimos bien muertos el Brincotes, el Ricardo Valenzuela y yo.

Fue un golpe indeciblemente fuerte que se volvió un destello de luz clara y luego oscuridad total. Y después, ¡carajo!, me doy cuenta de que ahí estoy yo viendo el avión desmadrado. No siento frío y así comprendo que soy puro espíritu. Al poco rato veo que ahí andan también los fantasmas de Ritchie y del Bopper sin creer lo que pasa. Los tres vemos cuando llega la gente y encuentra los cadáveres de ellos dos, pero el mío no. ¡Dónde quedó mi cuerpo, con una chingada! Busco rapidísimo y finalmente lo veo debajo de unas ramas que se cayeron. Estoy bien cubierto y por eso no me ven. Por eso y por ineptos, porque una buena buscada sin duda hallaría mis restoranes. Con horror advierto que se van de ahí y dan por concluido el asunto. Los sigo y veo cómo sepultan al Bopper y al Valens, y sus espectros entonces desaparecen.

Y desde entonces aquí ando, todavía de tacuche y corbata. Vi cómo los Beatles me hacían justicia y los Rolling Stones y Linda Rondstadt también, y cómo Elvis Costello tenía el nombre de Presley pero se esforzaba por parecerse a mí. Total, yo, que no quería tener un look, acabé teniéndolo. ¡No es posible! ¡Qué horror! ¡Por favor! Help, I’m a rock! ¡Alguien tiene que ayudarme! ¡Tú ayúdame! Diles que la única manera para dejar de ser espectro y material de triphoperos es que busquen mi calaca, ahora sí bien, y me entierren. No tiene que ser una gran cosa, con un cualquier cualquier entierro me conformo, o una cremación de lo que encuentren de mí. Ahí lo que sea su voluntad. ¡Ayúdame!

Entonces desperté, mientras en mi mente aún resonaba la canción “you’re gonna miss me, early in me morning, one of these days, oh yeah!”

Del libro Los grandes discos del rock

El Nicolás

Hubieras visto a este cuate tan bravero (se llama Nicolás y es nosequé del equipo de fut americano), apenas se subió al camión ya estaba diciéndole a un tipo: —Óigame, infeliz, me cae de la patada que me agarren de recargadera. —El pobre hombre este peló unos ojísimos y rapidito se fue más adentro. Después, el buen Nicolás nos miró, riendo—. Pendejo, ni se me había recargado —nos dijo. Palabra de honor que sentí horrible; por nada del mundo me gustaría estar frente a este Nicolás y que me dijera “me cae de la patada que me agarren de recargadera”, pero ya estaba emboletado con estos cuates y ni modo de echarme para atrás. Por otra parte, el relajo me atraía. Con nosotros venía un gordito bien vaciado, siempre trae un suéter dado al cuas y le dicen el Tarolas o el Prángana o el Apestoso: todos los apodos le caen perfecto.

La verdad es que estaba sintiendo un poco de miedo. Tú sabes que no soy un Hércules un algo así y estos cuates bronquean a todo el mundo.

Me junté con ellos porque había ido al estadio a buscar al maestro Rodríguez Solís que, según me dijeron, andaba echando lente en el partido para evitar broncas. El caso es que al pobre maestro le rajaron la cabeza y nunca supo cómo (por ahi me dijeron que el pobre buey fue a separar a unos que se estaban dando y ni separó a nadie y nomás le acomodaron un soberano guamazo), la cosa es que ya se lo habían llevado para echarle su alcoholito y todo eso. Ahí encontré a Rolando, que venía con este Nicolás y con el Tarolas. Me dijo que jalara con ellos y sin saber por qué jale con ellos.

Yo había ido a buscar al maestro Rodríguez Solís para ver si me daba una manita en el examen, porque posiblemente lo más seguro es que me truene. Además, me dijeron que si le rogaba sí me daría la manopla, y si ya deveras no quería, con un cien se arreglaba todo. Pero ahora, imagínate, el maestro Rodríguez Zopilote se quedó con la cabeza rajada y yo jalé con estos cuates.

Desde un principio me las olí que se armaría la pelotera, y quería hacer a un lado a Rolando y decirle que nos cortáramos, pero el muy menso iba lambisconeando al Nicolás. Me repatea cuando se pone de barbero y nomás anda jorobando la borrega. Y este Nicolás (lo hubieras visto) se sentía a toda madre porque le daba coba.

En eso se desocupó un asiento y que se abalanza el Nicolás. Una señora, con niño en brazos y toda la cosa, ya casi se sentaba y puso una carota cuando le dieron mate con el asiento. El infeliz Nicolás sacó un cigarro nomás para echarle el humo al chamaquito. Qué chinga, porque el Nicolás fuma Delicados. La señora, como quien no quería la cosa, también se fue echando hacia atrás.

Luego, que se suben unas chamacas. Nomás las vio, el Tarolas empezó a decir: —Me cae re gordo ir a Filosofía y Letras porque hay puras flacas, bien flacas las canijas. —Las chamacas se hacían las disimuladas, muy serias, pero el Tarolas no las iba a soltar tan fácil. —Qué pasó, mis reinas, ¿vamos a un café existencialista? —Aquí mi cuate, aunque mugrosón —agregó el Nicolás—, toca la guitarra eléctrica. —Siempre cargo mi guitarra —dijo el Tarolas—, hoy se me olvidó, pero pa que me crean les voy a cantar “El tuis de Filosofía”. — ¡Ahi les va “El Filósofituis”! —anunció este Nicolás—, órale, tarugo, canta. —¡A petición de las pinchurrientas flacas aquí presentes con ustedes “El tuis de Filosofía”!

Y que empieza a berrear y a pegar de gritos, verdaderos alaridos, ay canijo, nos paró los pelos de punta, palabrita que no creí que lo hiciera. Las pobres chamaconas se pusieron bien coloradas, hicieron la parada y se bajaron volando. Apuesto a que ni siquiera habían llegado a su esquina.

El Nicolás y Tarolas iban risa y risa, diciéndose albures, y cada vez que alguien los veía feo el Nicoloco le echaba su delicado humo y decía: —Cómo traigo ganas de rajar hocicos.

Casi llegando al centro vimos unos huelguistas que ponían una bandera rojinegra en un negocio, ya con la tienda de campaña, cartelones y todo eso, y lueguito nos dijo el Nicolangas: —Órale, bájense.

Ya abajo le preguntamos qué le picaba. —Nada, hace tiempo fueron unos cuates al campo de entrenamiento y a varios de la porra nos dieron lana para rajar hocicos en una manifestación o algo así en CU, y luego otra vez en otra manifestación, y en otra, ya ves que hay un chingo, y pos orita traigo ganas de bronquear a esos rojos. —¿Y por qué a ellos? —le pregunté. —Pos porque son rojillos, bueno, pues sepa la chingada, pero yo soy católico. —Tas loco —le dijimos. —Ni tanto, ni tanto, si son tres nomás, a poco me creen tan de a tiro... Bueno qué, ¿se rajan? El maldito Tarolas dijo que mangos, y el Rolando también, y no me quedó más remedio que jalar parejo.

Entonces, encabezados por el Nicolás, caminamos muy sabrosos toda la cuadra hasta donde estaban los huelguistas. Nos sentíamos muy malditos. El Nicolás pasó frente a uno y le escupió al suelo, pero el otro ni cuenta se dio. Entonces le dijo: —Con que de huelga, ¿no? —El obrero lo tiró a loco, y eso le dio un corajazo al Nicolás y mascullando “ora verás rojo jijo” le colocó un mandarriazo horrible. Los otros dos obreros se alebrestaron y tuvimos que entrar al quite. Hubieras visto al Tarolas, con todo y lo panzón arrimaba sus buenos trancazos. Yo me anduve haciendo pendejo, como quien no quería la cosa, dando moquetes aquí y allá, hasta que, quién sabe cómo, me dieron un chingaputamadrazo, y como buen menso que soy, me desmayé.

Después llegaron los policías, nos llevaron a la delegación, el Nicolacho le habló a un influyentazo y nos dejaron ir. Así de fácil. Lo que sí recuerdo muy bien es que a los huelguistas los metieron al bote por alborotadores y que a mí este Nicolás me dijo: —Bien, manís, te portaste muy machito.

Del libro No pases esta puerta

No pases esta puerta

Cuauhtémoc había escapado a tiempo. Unos meses antes Alba, su esposa, supo que la dictadura desataría el terror, y planearon huir. Ella lo hizo primero, para ver a sus amigos y encontrar un sitio adecuado en el que pudiesen trabajar. Él se quedó, siempre con la idea de que Alba exageraba y de que las cosas no resultarían tan mal. Sin embargo, al poco tiempo ocurrieron los primeros secuestros; la gente desaparecía, ya no la volvían a ver nunca más y el terror dominaba a los pobladores. Cuauhtémoc comprendió entonces cuánta razón había tenido su mujer. Logró salir de la ciudad la noche que empezaron los arrestos masivos y a duras penas logró evadir las tropas que marchaban por todos los barrios. Su corazón se ensombreció al ver que no había avisado a ninguno de sus familiares y amigos, que para esas alturas debían hallarse prisioneros del tirano. Pero ya no había nada que hacer, salvo alegrarse de que al menos ellos se habían salvado. Alba se estableció en la ciudad de G., donde su familia tenía buenos amigos. Le fue muy bien, pues encontró ocupación para ella y para su marido, además de que pudo hospedarse en la legendaria Casa del Sol Poniente, donde residían ancianos jubilados y gente joven que, como ellos, podía entender y apreciar el tipo de vida que se acostumbraba allí. La casa en realidad era un viejo e inmenso palacio. En los techos había fuentes, jardineras y una vista formidable de los volcanes y de las puestas de sol.

Allí la gente mayor descansaba a la sombra de las enormes terrazas. En la planta alta se hallaban los grandes salones de la vida en común, los comedores, las salas de estar y de juegos, las cabinas de proyección, las estancias de los festejos y de las grandes reuniones, además de las oficinas de la administración. En la planta alta estaban los pequeños departamentos en donde vivían los ocupantes, todos con recámaras amplias, estancia, cocina, baño y un pequeño jardín con su fuente.

¡Es perfecta!, exclamó Cuauhtémoc, radiante, cuando Alba le mostró la casa. Y aún no conoces los jardines, en realidad son un bosquecito con todo y arroyos y estanques. Y los sótanos, Cuau, son interminables. Un verdadero laberinto. Dicen que en alguna parte, en lo más oscuro, hay una puerta con un cuatro de oro y que por ningún motivo puedes abrir, por nada del mundo. ¿Por qué? No sé, pero está prohibidísimo. Pues entonces no se diga más, afirmó él, vamos a buscarla. ¿Ahora mismo? Sí, ¿por qué no? Bueno, suspiró Alba, pero nos vamos a perder, es que no los conozco bien, y una vez de plano me perdí. De pura suerte oí que alguien andaba cerca, me puse a pegar de gritos y me encontraron. Cuauhtémoc pensó que en realidad su mujer siempre había sido más bien torpe para orientarse, “'medio despistadilla”, decía, en cambio él se ubicaba a la perfección en cualquier parte. Salieron ambos del departamento en donde vivirían y llegaron a la puerta que conducía al sótano. En realidad era una soberbia escalinata de mármol que descendía hasta un arco con portón. Oye, es impresionante esto, ¿eh?, comentó Cuauhtémoc. Te dije, sonrió Alba, un tanto nerviosa. Bajaron al portón, que se hallaba abierto, pero, antes de que pudieran traspasarlo, una de las muchachas de la administración los alcanzó y les dijo que los coordinadores de la Casa querían hablar con ellos. Otra vez será, comentó Alba. Cuauhtémoc miró largamente la entrada de los sótanos, y se prometió explorar “ese fascinante subsuelo”.

La ocasión se presentó pronto, y Cuauhtémoc descendió por la escalinata, franqueó el portón y llegó a una estancia de la que salían varios pasillos; tomó uno, al azar, y vio muchos cuartos llenos de libros y mesas para leer o trabajar; algunas personas lo hacían en ese momento y lo saludaron silenciosamente al verlo pasar. Avanzó con rapidez por el pasillo poco iluminado, fascinado por los libros que también había en el pasillo y por los cuadros de las paredes, encantado por la limpia humedad del aire y con la vaga aprensión, ¿a qué?, se preguntaba, pues a perderme, claro, pues el pasillo condujo a una nueva bifurcación, y el camino que tomó lo llevó a otra y él ya no sabía por dónde andaba. Se había perdido por completo, demasiado pronto, se quejaba, herido en su amor propio. Por donde avanzaba todas las puertas estaban cerradas, pero ya no sentía curiosidad por asomarse a los cuartos, sino, más bien, cierto temor. Lo hizo en algunos y casi no vio nada por la oscuridad enrarecida que los velaba, apenas se distinguía algo que semejaba maquinaria por los mortecinos destellos metálicos, o imprecisables muebles de madera oscura y húmeda. Pero nada de eso le importaba gran cosa, pues comprendía que lo que quería era hallar el cuarto con un cuatro de oro en la puerta.

La oscuridad era cada vez mayor. Cuauhtémoc abría puertas y ya ni siquiera se asomaba. Una de ellas llevaba a un nuevo pasillo, más oscuro, y ante él se detuvo. Se quedó muy quieto y trató de que la intuición le dijera si el camino era correcto. El nuevo pasillo se perdía en la oscuridad a los pocos pasos y el sólo enfrentarlo avivó la sensación de angustia calcinante que desde momentos antes lo carcomía suavemente. Advirtió un silencio denso y cargado, sólo a lo lejos le parecía oír un goteo y lo llenó una necesidad irracional de cerrar la llave que goteaba. Comprendió, con desesperación creciente, que se hallaba al borde del pánico cuando, para su estupor, con toda claridad sintió que algo lo sujetaba de los hombros, lo hacía girar cuarenta y cinco grados y lo alejaba de ese camino. Avanzó de prisa entre la oscuridad total, rebasando lo que parecía nuevas puertas, penetró en otro corredor, casi corriendo, para entrar en calor porque se congelaba por dentro, se maldecía por haberse metido en ese laberinto interminable. No quería detenerse porque estaba seguro de que escucharía goteos y tictacs; con su estado de ánimo, la oscuridad y el silencio eran una vía regia a las alucinaciones, y ya veía pequeñas explosiones luminosas que se desgranaban en líneas destellantes y hacían más negra la oscuridad al desaparecer.

De pronto Cuauhtémoc detuvo lo que para entonces era una carrera frenética. El silencio. Era un tenue zumbido que quién sabría de dónde llegaba, pero sí, emanaba de sí mismo, porque las cosas allí tenían su propia forma de silencio. El de Cuauhtémoc hervía, era un estrépito sordo que por fuera con mucho cuidado podía percibir como un flujo uniforme y denso. Estaba aterrado. Allí había algo terrible. Su cuerpo se había comprimido, y Cuauhtémoc lo sentía especialmente en una punción dolorosa en los testículos. Aguzó la mirada. Apenas se distinguía un número cuatro de oro en una de las puertas. Su cuerpo no quería moverse, pero se desplazó y sí, allí estaba el número. Lo tocó y tuvo que retirar el contacto al instante porque sintió una descarga que en fracciones de segundo lo llevaba a perder el sentido. El terror era muy vivo y a él sólo se le ocurría vomitar lo más posible y luego salir corriendo de allí. Con toda claridad escuchaba una voz ordenándole que no pasara esa puerta. Sin embargo, Cuauhtémoc convocó las últimas fuerzas y tomó la perilla. ¡No lo hagas!, decía la voz en su interior. Pero él abrió.

Dentro encontró a una mujer completamente desnuda, muy joven; el cabello se le ondulaba sobre los hombros, se perdía en la espalda y realzaba la blancura y la suavidad de la piel, de los pechos, llenos de dureza, de la pendiente de la cintura, del pubis con su dulce vello, y de las piernas; toda ella parecía frágil y poderosísima a la vez, había algo rotundo y conmocionante en su perfección, algo insoportablemente glorioso que no se debía ver, y Cuauhtémoc apenas podía retener un hilillo de vida ante la presencia de la mujer, que irradiaba su propia luz cegadora y cuyo rostro perfecto parecía el de una joven y de una anciana, de la eternidad misma.

Los ojos eran terribles, allí había un espacio negrísimo, el vacío total, pero también calor calcinante, una mirada muy dura y severa con una llama de compasión, esto lo vas a pagar, le decía la mirada, no sabes lo que te costará haberte atrevido.

Cuauhtémoc cerró la puerta de golpe. Sabía que estaba a punto de desplomarse como edificio de cenizas si la continuaba viendo. Sintió que infinidad de fuerzas poderosísimas tiraban en todas las direcciones de su cabeza. Se iba a desintegrar. Se hallaba suspendido en una frontera fragilísima. En ese momento de nuevo sintió que algo o alguien lo tomaba y lo hacía girar ciento ochenta grados hasta quedar de espaldas al número cuatro. Cuauhtémoc salió corriendo a toda velocidad por la oscuridad, en medio de tropiezos y golpes. Conforme se alejaba advertía que al fin cedía lo que desgarraba su interior. Había un poco más de luz cuando de súbito tropezó y quedó bocarriba en el suelo helado, jadeando ruidosamente, aún con deseos de gritar, de aullar. Una profusión caótica hervía en él y lo hizo levantarse, correr de nuevo por los pasillos cada vez más iluminados hasta que encontró la salida del sótano.

Del libro No pases esta puerta

Cómo se llama la obra

Primer acto. Es de noche, tarde ya, la gente apaga la televisión y se acuesta, pero ellos no: leen un libro y oyen un concierto en la sala de la casa. Justo cuando suspiran, ¡ah!, y se remueven placenteramente en el sofá, escuchan un fuerte ruido en la azotea (que desencadena los ladridos histéricos de los perros en el jardín. Oh oh, dicen, mala cosa oír ruidos exactamente arriba de la cabina, con frecuencia por ahí se cuelan aires que alteran todo. Ruidos, movimiento constante allá arriba. Qué está pasando, exclaman. Encienden las luces y van al jardín casi corriendo.

En el jardín, los perros, excitados, ladran hacia lo alto. En el tejado se encuentra un fuerte, musculoso perro callejero; es un animal negro, joven, en la plenitud de su fuerza. Quién sabe cómo fue a dar allí. El perro camina por el tejado con desesperación, chillando de impotencia, no encuentra por dónde escapar de la trampa en que ha caído. Con un carajo, gruñen, ahora qué hacemos. No se puede tener a ese animal loco de desesperación. ¿Cómo fue a dar allá arriba? ¿Qué salto prodigioso tuvo que dar de la azotea vecina, demasiado retirada, para llegar al tejado de la casa? Podríamos meterle un balazo, y al diablo con él. No no.

Cobran ánimo, colocan la escalera y la suben. Arriba, el perro los ve y se desconcierta; es más grande el miedo de hallarse allí que cualquier tendencia agresiva. Ellos avanzan con rapidez hacia el animal, que los espera, expectante, un tanto contrito, con súbita fe ciega. Este perro debe ser increíblemente feroz en circunstancias normales, piensan cuando lo alzan en vilo y sienten la gravedad del peso, lo llevan a un extremo del tejado y con fuerza lo lanzan a la casa vecina, que en esa parte queda relativamente cerca. El perro cae con las cuatro patas, sin hacerse daño, y en el acto rompe a ladrar, a aullar con fiereza; se lanza contra la barda, la rasguña con furia. Está más rabioso y desesperado que nunca, como si lo hubieran hecho víctima de un engaño atroz. Los perros de este lado a su vez hacen una escandalera insoportable, ¡ya cállense, con una chingada!, gritan ellos, irritados. Regresan con cuidado a la escalera y la bajan despacio; se meten en la casa, apagan las luces de afuera, ponen un video para abstraerse de los ladridos.

Segundo acto. Han ido a pasear al pueblo de Amecameca, que por cierto en ese día deja ver tan cerca al anonadante volcán Iztaccíhuatl, la Mujer Blanca, que es casi inevitable sentirse allá arriba, montado en ella. Dicen los que saben, sin embargo, que es mejor no hacerlo: la Izta es mucho más peligrosa que el Popocatépetl.

Abajo, en Amecameca, ellos disfrutan de un aire fresco, estimulante, y después de recorrer los puestos frente al mercado y la iglesia, se internan en una de las calles. Discuten acaloradamente la significación que tienen ciertos hechos, cuya densidad obliga a desglosar diversas capas que no aparecen a primera vista. Si se me pierde dinero una vez puede pasar, pero si me ocurre cinco veces es muy significativo, tengo que desentrañar lo que no es aparente: por qué se me pierde dinero con excesiva frecuencia. Pero todo eso también puede llevar al extremo de ver simbolismos en todas las cosas, lo cual es tan necio como no ver más que lo aparente, además de que es algo tan cercano a las supersticiones. Territorio de la magia, de acuerdo, pero ¿cuántos magos verdaderos conoces en la vida real? El hecho de que sean tan escasos destaca la posibilidad de que los demás en realidad son timadores o irresponsables.

Inesperada, brutalmente, cae de golpe frente a ellos un enorme perro negro; es un dóberman robusto, un poco viejo, duro y musculoso, de quijadas impresionantes. El golpe de la caída cimbra la banqueta y genera descargas de adrenalina en ellos. Ven hacia arriba: allí está el techo alto de una casa de un piso, semejante en la altura y la fachada de portones y ventanas enrejadas a casi todas las de la calle. El perro tuvo que caer de la azotea, se dicen: imposible que, como en Ciego en Gaza, el animal se despeñara de un avión a la azotea donde los personajes convenientemente se asolean, oh artificios. El perro pudo caer porque corría en la azotea y sin saber cómo brincó la barda para estrellarse allá abajo. No logran quitarse una sensación ominosa e incómoda al ver al perro muerto. No tiene heridas aparatosas, apenas un hilo de sangre le corre por el hocico; los ojos están en blanco: es la primera mancha de nada en ese cuerpo voluminoso, aún hirviente de vida. El sol cae a plomo. Cuán abismal puede ser el mediodía en un pueblo como éste, se dicen.

Tercer acto. Están profundamente dormidos, navegan solitarios en el sueño, y un fuerte ruido los despierta. Qué fue eso, mascullan, molestos. Unos ruidos se oyen, decrecientes. ¿Eran pasos? Después, el silencio perturbador de la madrugada. Ya no se oye más y tratan de volver a dormir, pero algo avanza, crece, se intensifica. Tienen que saltar casi y quedar sentados en la cama. Qué peste, carajo. Es un hedor que se adelgaza, se licúa y penetra hasta lo más hondo, activa náuseas y estremecimientos, no se puede soportar. Pero qué carajos es eso, casi gritan, y se levantan, furiosos, encienden las luces y salen al jardín. El hedor invade e impregna los árboles y las plantas.

En la parte trasera del jardín encuentran un enorme perro que en unas partes conserva la piel y duros gajos de músculos, pero otras: la cara, el vientre, el pecho, ya están carcomidas por los miles de pequeños gusanos blancuzcos que pululan en el cadáver y le dan una repugnante apariencia viscosa. ¡Puta madre, cómo apesta!, exclaman, y corren a cubrirse con paliacates y bufandas; después regresan a constatar el portento desde la mayor distancia posible. Mañana lo retiramos, dicen, a ver dónde, pero no: no pueden hacer eso, no hay quien aguante ese hedor. Hay que enterrarlo inmediatamente. ¿Enterrarlo? ¿A las cuatro de la mañana? Deciden, cuando menos, sacarlo de la casa, echarlo lo suficientemente lejos para que no llegue la peste. Chingada madre, se quejan, quién sería el grandísimo culero que nos vino a echar ese cadáver en putrefacción.

Se ponen guantes, botas y ropas de trabajo; se sujetan los toscos tapabocas para mitigar el hedor, toman cuerdas recias y regresan a la parte trasera del jardín. Les cuesta un trabajo agónico soportar la pestilencia que marea y la visión del cadáver con los gusanos que reptan golosa, ebriamente, por las cuencas de los ojos, la curva del costillar, el bajo vientre y el sexo. Mediante otro esfuerzo supremo, conteniendo las punzadas apremiantes del vómito, alzan el cascarón y lo que queda del cuerpo del animal y le pasan la cuerda por debajo y luego la atan al torso del cadáver, entrecerrando los ojos para ver lo menos posible, rechinando los dientes para aguantar. Pesa demasiado, es difícil jalarlo y colocarlo en un gran cartón, van dejando rastros, estelas como brasas blancuzcas, de grupos de gusanos en el jardín. Tienen que avanzar con incesantes puñaladas de la pestilencia que les desorbita los ojos, les enchina la piel y los debilita. A cada paso y tirón quieren dejar todo y salir corriendo a llenarse de aire en otra parte, lejos de allí. Ahora saben que tienen que sacar el cadáver de una buena vez; de otra manera jamás lograrán reunir nuevas fuerzas. Tiran del cadáver hasta llegar a la calle, convencidos de que los olores pueden matar. Dificultosamente llevan al perro engusanado lo más lejos posible de la casa y lo abandonan allí, en la vía pública.

¿Cómo se llama la obra?

Del libro No hay censura

Es el cielo

Por lo pronto me han puesto en este cuarto. Fui asesinado con crueldad y no recuerdo cómo llegué a este sitio. No hay nada, paredes desnudas y una puerta que lleva a un patio interior, de bardas altas. Lo sé porque ahí estuve antes, muy poco tiempo, por suerte: es un cielo de luminosidad pareja, nada más. Pesa, y mucho. Al poco rato de estar afuera una presión uniforme se asienta sobre todo el cuerpo, empuja hacia abajo. Aplasta. Uno podría comprimirse allá afuera.

Hay otra puerta, pero está cerrada. Sé que lleva a unas escaleras. Allá arriba, por primera vez, hay ruidos. Voces agresivas, feroces, muerden la vaciedad de ese cuarto. Golpean a alguien, qué gritos terribles. Tres detonaciones. Lo mataron. De nuevo el silencio, salvo el ruido de un chorro persistente, como si alguien orinara. No sé cómo se le puede llamar a esto, pero agradable no es. Yo sigo siendo la misma cáscara luida.

Me pasaron a una sala forrada de negro con un gran cristal como cuarta pared; me recuerda un estudio de grabación, con su cabina. Del otro lado hay especialistas, académicos a punto de examinar a alguien. Ocupan una larga mesa con forma de T; en un extremo se encuentra el que va a examinarse. Hay público. Me gustaría presenciar el examen en ese salón que tiene mucho de juzgado. Una dulce idea me llega: yo me examinaré. Me corresponderá enfrentar a ese grupo de gente docta, que, a juzgar por las apariencias, no parece nada extraordinario. Un estremecimiento calienta esta vieja corteza, me excita la idea de confrontar mis ideas, mis conocimientos, mi genio, por qué no, con los hombres del otro lado. Aquí, propiamente, estoy en una sala de espera, donde los examinantes se relajan, se concentran, se preparan. Pero no es mi caso: mi mente siempre está en orden, las ideas sólo esperan el llamado. Bueno, debo reconocer que en ocasiones soy yo quien llega tarde a ellas, extravío el camino o llego ansioso, sin la energía necesaria. Y ellas no se manifiestan. Pero eso es infrecuente; por lo general las ideas surgen cuando deben y deslumbran por su brillantez, la solidez de su estructura, el filo de sus armas. En estos momentos, desde un rincón de mí mismo, constato cómo me agiganto, no quepo, mi estatura llega a los techos.

Esta parte se ilumina ahora y lo que tengo en mi derredor es el mismo cielo bajo el que estuve antes: gris, parejo, opaco, liso, muy cercano. Del otro lado la gente espera. El frío es insoportable, en segundos me ha dominado. No entiendo qué ocurre, yo ya había pasado por esta fase. El cielo se me viene encima. Más bien, se trata de la presión del cielo, de la atmósfera, de lo que sea. El enorme peso me encorva, me dobla, flexiona mis piernas heladas. Ya no me puedo mover hacia ningún lado. El frío me carcome, el peso del cielo me aplasta. No es la cruz lo que pesa, me digo con ironía amarga: es el cielo... ¡El cielo! El viento me despelleja la cara, qué filo, Dios mío. Hasta ahora comprende plenamente la magnitud de mi castigo. No lo voy a poder soportar.

Del libro No hay censura

José Agustín

José Agustín

Nació en Acapulco en 1944. Junto con Parménides García Saldaña, Gustavo Sainz, Juan García Ponce, entre otros autores, inauguró una corriente conocida como literatura de la onda, influenciada por el rocanrol y cuya temática principal aborda los problemas de la adolescencia. Narrador, dramaturgo, guionista de cine, periodista y traductor. Estudió Letras Clásicas, dirección cinematográfica, actuación y composición dramática. Perteneció al taller literario de Juan José Arreola y al círculo literario Mariano Azuela. Ha sido becario del Centro Mexicano de Escritores, de la Universidad de Iowa y de las fundaciones Fulbright y Guggenheim. Recibió el premio Dos Océanos del Festival de Biarritz, Francia (1973), el Latinoamericano de Narrativa Colima (1982), el Nacional de Literatura Juan Ruiz de Alarcón (1993), el Mazatlán de Literatura (2004). Al hablar de Inventando que sueño, una de sus obras, el narrador Luis Humberto Crosthwaite, en la “Introducción vaquera” a los Cuentos completos de José Agustín, señala: “No era [la de José Agustín] literatura convencional (no podía serlo), era maliciosa y juguetona, palabras que podría encontrar bebiendo cerveza y echando desmadre en las calles. Era un libro para navegar por la ciudad, para contarle mis rollos: un libro compita, entendedor, carnalito de los buenos”.

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